jueves, 19 de septiembre de 2024

Farinelli IL CASTRATO

 

 

FARINELLI IL CASTRATO


Un dios, un virtuoso que evitaba los adornos y proezas vocales, destinadas a conquistar el aplauso fácil y la admiración superficial. Una leyenda, un monstruo vocal, resultado de la terrible, angustiosa, estigmatizadora condición de castrado, una crueldad inherente al servicio de una voz de ángel. Lo quisieron reyes de España y compositores, como Nicola A. Porpara, su maestro, Häendl y su hermano Ricardo, entre otros.
Resultados de prácticas ignominiosas -pero a menudo sacralizadas y tan viejas como la humanidad-que hoy constituyen un vago recuerdo de bárbaros hechos , penados por la ley,- salvo por motivos terapéuticos-, los castrati fueron monstruosas pero adoradas criaturas destinadas a poseer un registro vocal sobrehumano. La emasculación practicada en niños entre los siete y los doce años, dotados de una bellísima voz, permitía que ésta continuara surgiendo "milagrosamente" de cuerpos adultos, cuya laringe había experimentado la menor transformación al haber intervenido el productor de hormonas masculinas o testogerona.
No se trataba contra lo que pudiera creerse, de eunucos, tal como era costumbre en la antigüedad, por motivos de fanatismo religioso (inmolación de la virilidad como tributo a los dioses o interés político o precaución ante las tentaciones de la carne, por ejemplo los custodios de los harenes). Pero al eunuco se le extirpaban totalmente los órganos sexuales exteriores, en tanto que la castración de la época barroca era la ablación de los testículos, que se extraían mediante una incisión practicada en la ingle. La única anestesia de esa época era el baño en agua helada -que además frenaba la hemorragia-,el uso del láudano opiáceo o la comprensión de las carótidas. La ablación era efectuada por los barberos, supuestamente hábiles para tan terrible cirugía. A la operación seguían dos semanas de convalecencia, si es que lograban subsistir, ya que los riesgos de infección o pérdida de sangre eran enormes en esos tiempos. Pero incluso en caso de éxito en tan brutal emasculación , ésta no garantizaba el ansiado objetivo de preservar una delicada, asombrosa voz de soprano, con el tiempo reforzada por la capacidad pulmonar adulta.
El castrado no cruzaba el umbral de la pubertad: carecía de vello y nuez y su laringe estaba en contacto con las cuerdas vocales, consiguiendo una luminosidad cristalina en el canto, que conservaba hasta la vejez, aunque el cuadro de modificaciones morfo-genéticas y metabólicas,- aparte de las evidentes alteraciones psicológicas-, producidas por la mutilación y sus consecuencias, resultaba inevitable: crecimiento desmesurados de los huesos y tendencia a la obesidad, como mínimo. Podían ser gigantes que cantaban como ruiseñores.
En Italia se practicaban de cuatro a cinco mil castraciones anuales: muchos no lograban el milagro vocal buscado o peor todavía, la voz cambiaba para mal, siendo su injusto final el de marginados que pasaban a engrosar la lista de indigentes. Eran utilizados como fenómenos de feria para regocijo ajeno o terminaban enrolados en bandas de forajidos. Se crearon auténticos monstruos: no eran mujeres aunque tampoco hombre: casi la creación de una nueva raza.
La inhumana costumbre de la castración terminó hacia 1850, excepto la provisión de cantores para la Capilla Sixtina, que siguió hasta principios de siglo.
Los falsetes  españoles del gran siglo, que tuvieron un monopolio en el Vaticano fueron desplazados por los castrati italianos.
Los afortunados eran calificados de voz de ángel: sus dotes podían ser prodigiosos y subyugaban a los públicos europeos líricos, que los consideraban ídolos. Eran admirados por lo insólito de su timbre. Su laringe pequeña y flexible y sus cuerdas vocales cortas les permitía alcanzar una gama amplísima (tres octavas y media, en el caso de Farinelli). Poseían una gran potencia vocal y algunos conseguían mantener las notas durante más de un minuto; eran auténticos fenómenos.
El origen de la castración se convirtió en una pavorosa falsedad. Los italianos sienten tanta vergüenza por este hábito que cada provincia acusa y culpa a la otra.
Apodado el cantor de reyes, Carlos Boroschi –cambiaban el plural para aludir a la familia- nació en 1705 en Andrea (Reino de Nápoles). Los castrati tenían por lo general un origen social humilde, aunque no era ésta su situación ;el padre se desempeñó como gobernador en diversas localidades napolitanas.
El niño fue castrado entre los siete y los ocho años; fue alumno de Nicola A. Porpora, autor de más de cincuenta óperas y uno de los grandes profesores de canto de la historia. Fue protegido por los hermanos Fariña, de donde adoptó su nombre artístico. Apareció en escena a los quince años, en 1729, en el palacio del príncipe de Tordella, interpretando un papel en Angélica e Medero, obra compuesta por su profesor, con libreto de Metas tasio. Tras los duelos usuales en esa época, entre la voz y la trompeta, hasta el abandono del instrumentista, vencido por las excepcionales características vocales del castrado, va consolidando su fama y a los 23 años es acogido en el teatro de Venecia, entonces muy en boga. Si celebridad se extiende por Europa; canta para Luis XIV, pese a la competencia entre la lírica francesa y la italiana. Londres también lo aclama. En 1734 fue llamado por el Teatro de la Nobleza, dirigido por su profesor Porpora, que mantenía gran rivalidad con el Teatro Real, dirigido por Häendl. Farinelli llegó a percibir 1500 libras, además de los presentes y recompensas de sus múltiples admiradores. Los castrati ejercían un irresistible atractivo sobre las mujeres; de ahí su magnetismo sexual, a su vez que su incapacidad creadora. Finalmente, la monarquía española contrató a Farinelli, a los 32 años, quien llegó a España en 1737, para una estancia breve y se quedó 22 años. El rey era apático, indiferente, rencoroso con sus antagonistas y, en los últimos años, mostró señales de auténtico desequilibrio mental.
Muere el rey, le sucede un hijo que se queda con el cantante. El rey y su séquito caza de día y por la noche escucha los gorjeos del lírico. Pero Fernando muere y le sucede su hermanastro Carlos III, que echa al cantor de la corte.
Este se retira a Bolonia, donde mandó construir un magnífico palacio en el cual recibió a Mozart, Glück y al emperador José II, entre otros.
Dedica sus días a ejercicios espirituales, al canto y a la música. Su generosidad mereció elogio general, prestando ayuda a familias necesitadas de origen español y fundando un instituto a beneficio de los huérfanos.
Carlos Boroschi o Farinelli murió en 1782; quiso un funeral discreto, donando sus bienes a sus sobrinos y a los criados que lo cuidaron en su último retiro. Su tumba desapareció destruida por los ejércitos de Napoleón. Fue el más célebre de los castrati, dotado de una voz angelical aunque sujeto al infierno de una existencia condicionada por las indignas costumbres de su tiempo.

 

 

Abraham

 

 

ABRAHAM



Erase una vez un hombre que había oído la historia de Abraham, a quien Dios puso a prueba, aunque venció la tentación, conservó la fe y recibió por segunda vez a su hijo. Hubiera querido ser partícipe del viaje de los tres días, cuando el patriarca cabalgó sobres su asno con Isaac a su lado y toda su tristeza. Hubiera querido estar presente en el instante en que el patriarca, al alzar la mirada vio a la lejanía la montaña elegida; en el momento en que despidió a sus criados y trepó la cuesta solo con su hijo, preocupado con sus pensamientos.


Era muy de mañana; Abraham se levantó con su hijo, dejaron la casa, anduvieron silenciosamente durante tres días; la mañana del cuarto, no dijo una palabra, vio a la distancia los montes, tomó a su hijo de la mano y trepó la montaña. Se detuvo, apoyó su mano sobre la cabeza de Isaac lo exhortaba, aunque su hijo no podía comprenderlo; su alma no podía elevarse tanto; se abrazó a las rodillas paternas, se arrojó a sus pies y clamó por la gracia, implorando por su juventud y sus esperanzas.
Abraham lo levantó, lo tomó de la mano, mientras lo consolaba y en silencio preparó el holocausto, atando a Isaac; en silencio extrajo el cuchillo; entonces, apareció el carnero que le envió Dios. Lo sacrificó y regresaron.
A partir de entonces, Abraham se hizo viejo; no pudo olvidar cuánto le había exigido Dios. Isaac continuó creciendo, pero los ojos de su padre se habían nublado; no pudo concebir otra alegría. Pedía perdón a Dios por haber querido sacrificar a su hijo, por haber olvidado su deber como padre y no haber pensado en el sufrimiento de su hijo amado.


Cuando retornaron a la casa, Sara se arrojó al encuentro de ambos, pero Isaac había perdido la fe. Nunca hablaron de ello ni jamás nadie sospechó un acto de tal magnitud.
Abraham es digno de ser llamado el elegido del Eterno, ,el hombre pío, temeroso de la palabra divina. Para el todo estaba perdido: Dios exigió aIsaac
Amar a Dios sin tener fe es reflejarse a sí mismo, pero amar a Dios con fe es reflejar a Dios. Esa es la cima donde se encuentra el patriarca, ya que la última etapa que pierde de vista es la resignación infinita.
Con Abraham uno no puedo llorar; uno se aproxima a él con horror religioso. Si se hubiera quebrantado en una crisis o simplemente fustigado el cielo con sus lamentaciones, no tendría tal altura humana . Cuando le responde a Isaac: “Hijo mío, Dios preverá el cordero,” su fe alcanza latitudes no humanas.

II

Abraham creyó en la promesa divina. Sin esa creencia absoluta, Sara habría muerto de tristeza y él mismo no habría comprendido, pero creyó y, por lo mismo, se mantuvo joven a los cien años, lo suficientemente joven para –pese a sus nobles cabellos blancos, sentirse capaz de desear ser padre. El milagro fue en que ambos fueron jóvenes de espíritu para anhelar ese hijo, el cual mantuvo el deseo intacto y del mismo modo la perdida juventud. Creyó que sería honrado por su pueblo, bendecido en la posteridad, a través del prometido vástago tan esperado: no dudó. El tiempo pasaba y el patriarca seguía creyendo. La espera se le hizo insoportable. No tuvo la debilidad de renunciar a la esperanza. Conoció el desaliento, aunque no los lamentos. A medida que pasaban los años no contaba los días, no miraba a Sara inquieto por ver si los años no habían dejado surcos en sus entrañas e intentaba que ella no envejeciera y junto a ella la esperanza; no apaciguaba la espera de su mujer. Sara fue objeto de burlas crueles. El sabía que Dios lo nombró heredero con la promesa de que todas las naciones de la tierra serían bendecidas por la posteridad. Parecía que Dios se burlaba. Después de haber realizado el milagro de concebir en la vejez de ambos, el Omnipotente deseaba convertir su obra en nada. El hombre de cabellos platinados estaba inconsolable, aunque no se escuchó un solo quejido de sus labios. Todo debía perderse: el renombre de la futura raza, la promesa del porvenir sería un destello fugitivo de un pensamiento suyo que debía apagar, ahogar en su espíritu. Ese fruto magnífico, esa bendición tardía en el vientre materno debía serle arrebatado y perder de este modo el sentido. Dónde, entonces, quedaba la promesa de la posteridad, si había que sacrificar a su hijo? Isaac era lo que más él amaba y en su lecho de muerte le estaría vedado extender con gozo la diestra mano a fin de otorgarle la bendición postrera.
A Abraham ningún poeta puede aproximársele. Su miseria y su angustia residen en el silencio. Si hubiera hablado sería un héroe trágico. Si hubiera titubeado, sería una caricatura del Caballero de la Fe.
Millares de años han transcurridos, pero no es necesario mencionarlo, porque todas las lenguas lo recuerdan. Ha sido incluso la admiración de los paganos. Fue necesario un siglo de su existir para concebir - contra toda esperanza- al hijo de la ancianidad y debío luego levantar su acongojado brazo anciano -por voluntad divina- sobre ese hijo tan deseado.
Y Dios fue el emisario de tal desolación.


Bibliografía: Kierkegaard, Sorer.TEMOR Y TEMBLOR, Editorial Losada
Bibliografía: Kierkegaard, Sorer.TEMOR Y TEMBLOR, Editorial Losada

miércoles, 18 de septiembre de 2024

SOMBRAS Y LUCES síntesis de J Tanikazi

 

 

Sombras y luces

El ventilador no se adapta con facilidad al estilo de una casa nipona. En los hoteles turístico modernoss son necesarios porque los clientes los exigen.

El papel  de Occidente es útil; el chino o japonés tiene una textura con un color que nos  acaricia. el papel oriental absorbe  la blancura, se dobla y se arruga sin hacer ruido. Al tacto es un poco húmedo.

La vista de un objeto brillante nos molesta. Occidente pule los bronces, la plata,  para darle brillo; a nosotros nos  atormenta que resplandezcan.  No nos pasa por la imaginacón pulirlos. Nos apatece verlos oscurecer-  en su superficie, el estaño sobre todo- cómo se ennegrecen con la patina del tiempo. Todo lo que brilla  se convierte en un material pesado con reflejos densos  al igual que la cerámica.

China ama el jade, con sus  turbios reflejos fugaces, dados por  los siglos. No posee el color de  la esmeralda,  el rubí o el brillo del brillante, pero esa turbia superficie espesa y con sustancia nos atrae. El cristal de roca, comparado  con el chileno, es demasiado puro y límpido. El nuestro  tiene ligeras nubes; nos gusta el cristal con vetas con partes de material opaco. Incluso el cristal de oriente es similar a los jades o ágatas de los cristales occidentales. China lo conoció mucho antes al cristal pero no evolucionó como en Europa. En cambio la cerámica progresó en  su evolución.

Preferimos los reflejos velados al brillo helado. Los chinos llaman los efectos del tiempo  “el lustre de la mano” y Japón lo denomina “el desgaste”, producido a través del uso al frotarlo, que le otorga humedad con el desgaste de las manos.

Ustedes alardean de una limpieza dudosa  que puede ser discutible, mientras se empeñan en quitar la suciedad nosotros la conservamos hasta transformarla en algo bello. Es una excusa, tal vez, - nos calma, tranquiliza los nervios- aunque no nos place los objetos manchados de grasa o de hollín .

Tampoco en un  hospital deberían  ser  tan blancos los muros o los guardapolvos de los médicos, ni   tener los instrumentos para una cirugía ese brillo metalico; los consultorios de los dentistas con tanto metal brillante me causa cierto escozor. De instalarse en Japón, tendrían un color más acorde con nuestro estilo.

Hasta hace poco los reservados no tenían luz eléctrica, sino antiguos candelabros. Como los occidentales encontraba el lugar demasiado antiguo y preferían la luz eléctrica, debieron instalarla.  La luz dudosa de los candelabros realza la belleza de las lacas japonesas, dando la impresión de un sitio nocturno, de mayor reflejo al  barniz llamado  laca .

En  La India prefieren la cerámica. Nosotros amamos la laca rústica; en la sombra, se ve mejor la belleza de la laca negra, marrón o colorada , lograda a través de muchísimas capas oscuras. A veces un cofre, una bandeja en una  mesa baja, el anaquel docorado con oro molido puede parecer demasiado chillón o vulgar, pero si quitamos la luz eléctrica y la sustituimos por una lámpara  de aceite o de vela se tornan sobrios. Los artesanos los fabricaban siempre pensando en sitios  con poca iluminación; el dorado  se moldeaba con esa visión oscura del ambiente y se ocupaban de  cómo darían sus reflejos las lámparas.

Cada uno de esos muebles u objetos están pensados para no ver de inmediato, sino adivinar en un fondo de  una luz difusa o de una llama de aceite parpadeando, la luz temblorosa,  revelando cierto detalles.

No rechazo la cerámica, pero adolece de la  profundidad de las lacas. La cerámica es fría al tocarla: no sirve para alimentos calientes; al menor golpe emiten un ruido seco, mientras las lacas, ligeras en su superficie, no lastiman el oído al e golpear. Con la laca tanto sea un cuenco de sopa o de té se siente la tibieza en la palma de la mano, dejando una sensación muy agradable. Nunca se sentiría lo mismo con la cerámica fría. Un cuenco siempre es placentero mientras un plato plano y blanco en Occidente no crea la misma sensación: se saborea de forma diferente.

La comida japonesa se mira primero  entre el brillo de la laca y el brillo de las velas. La sopa bermeja del miso parece más gustosa. La salsa viscosa y reluciente que acompaña el pescado crudo o los vegetales hervidos, se ven mejor con una luz difusa. Todos los alimentos blancos se realzan, si se ilumina el entorno: el arroz blanco en un pote de laca negra en un rincón sombrío de la mesa es más estético y estimula probarlo y comerlo con su cálido vapor y el grano  brillante. La cocina oriental armoniza con la sombra; entre ella y la oscuridad existen lazos indestructibles”


MÁSCARAS, EL COLOR, LA PIEL,


La tez de los japoneses   constrasta con el traje del nô, colores brillantes con mucho oro y plata Y reflejo rojizos, típico en nuestro país, con el rostro amarillento son atractivos, por eso las prendas en oro y plata y las capas verde oscuro o rojo caqui, los vestidos de mangas estrechas con amplios pantalones de un blanco inmaculado  favorecen y hacía enloquecer a los señores de antes. La piel japonesa no es agradable o  así ellos lo piensan; por eso mismo se maquillan de blanco, porque es la piel que les agrada. Necesitan ser iluminada al estilo oriental, nunca con luces occidentales.

El actor no sube al escenario con la cara y cuello al natural. Las manos japonesas no son bellas, es el modo de presentarlas en el Nô que las transforma.  Las mangas anchas las muestran mejoradas: manos vulgares se transforman con ese ropaje; cobran un efecto seductor  que asombra; jamás ocurriría ese hechizo con ropas modernas.

 El teatro

 

En el NÔ, la parte física que se  ve es ínfima, la cara, el cuello y las manos desde las muñecas hasta los dedos.  

Los labios  de los hombres, en el NÔ, actuando en roles femeninos, atraen por ese color rojizo oscuro  que sugieren más que los labos femeninos. El actor para cantar humedece continuamente sus labios con saliva. Con los niños pasa lo mismo  con sus mejllas sonrosadas y  frescas; el niño tiene la tez más clara pero queda bien su piel oscura, vestido de verde. Bajo una luz brillante sería un desastre: se necesita un edificio antiguo, tabiques de madera de reflejos oscuros  y una luz que ilumine al actor en forma de campana. La oscuridad reina en esta clase de obras; los trajes son similares a los de la nobleza   con esos suntuosos trajes de época de las guerra civiles. El Nô  enaltece a los nobles de nuestra raza, con las caras quemadas  y los pómulos salientes y esas capas y esa ropa elegante.  Más que el espectáculo nos regodeamos en tiempos pasados, en el porte masculino; el actor que actúa como mujer lleva una máscara distanciándose de la realidad,  -las mujeres del kabuki también se alejan del mundo real-.Los hombres tenían una feminidad especial, tal vez por la luminosidad, para que no resaltara la silueta masculina.

Para iluminar el teatro de marionetas se usaban lámparas de petróleo que daban al ambiente una iluminación difumada  a esas muñecas  que sólo mostraban la cabeza y las manos  

 

La vestimenta

 

Las mujeres se vestían antaño con colores apagados; el traje  estorbaba; incluso se teñían de negro los dientes y hasta se ponían una pincelada de sombra sobre la boca.  Recuerdo a mi madre  cosiendo en la parte de atrás de nuestra casa con una luz tenue. De mi madre recuerdo apenas el rostro, las manos y apenas los pies.

 Las casas en 1890 eran muy oscuras, en la burguesía de Tokio; mis tías y otros parientes se ennegrecían los dientes. Cuando salían se ponían trajes grises con algún dibujo;  las mujeres son pequeñitas en general,  pecho liso, delgadas, cintura y caderas casi sin carne, espalda recta, tronco enjuto, casi sin proporción con la cara y los miembros, Aún existen algunas mujeres o geishas con esa figura  consumida. La vestimenta les otorga volumen pero sin ella las mujeres de antes eran como estacas de madera. Vivían a la sombra donde sólo se vislumbraba  rostros blanquecinos; no se necesitaba  poseer un cuerpo; eran fantasmas frente a los desnudos cuerpos de la mujer moderna. Una belleza es un resultado de claroscuros en juxtaposición; la belleza pierde su luz  sin los efectos de la sombra.  Antiguamente,  se consideraba a la mujer indivisible  de la penumbra, por eso las mangas largas y largas colas también que ocultaban los pies ; entonces descollaba la cabeza y el cuello y, lo que no se veía no existía. Si las comparamos con las mujeres de Occidente tienen un cuerpo deslucido.  

Los orientales  carecen de pies, en otras épocas los deforman hasta hacerlos parecer pequeños; ell proceso era muy doloroso; los occidentales  poseen pies pero el cuerpo es translúcido. Nuestra imaginación se mueve entre penumbras, entre tinieblas negras como  la laca. Mientras ustedes  limpian todo para que brille; nosotros buscamos los colores de la sombra y ustedes,los colores del sol. Nos gusta la pátina sobre la plata y el cobre, no es  sucia ni antihigiénica, aceptamos lo oscuro como algo inevitable; encontramos en las tinieblas  placer,  una belleza particular. Los occidentales  evitan los rincones oscuros, blanquean los techos y las paredes y hasta los jardines; nosotros buscamos los pequeño bosques a la sombra; ustedes tienen amplias hectáres de pasto.

 

La Piel blanca opuesta a la amarilla.

 

Somos radicales en los gustos; tal vez  nos diferencia  la piel; consideramos siempre que una piel blanca es más noble que una oscura, pues no es sólo  el color sino la calidad;  se nota desde lejos; por muy blanco que sea un japonés, su blancura posee  una veladura.  Aunque las niponas se  unten con pintura blanca  la cara, espaldas, brazos y axilas no pueden eliminar el pigmento oscuro del fondo de su piel. Una piel blanca no es turbia; todo su cuerpo es de una blancura refrescante. Si un japonés está cerca de los blancos es como una mancha no particularmente agradable. Se comprende la repulsión de los blancos hacia los hombres de color, incluso de los mestizos negros o blancos.  Detectan  el matiz de color oculto bajo una piel en una  tercera generación de negros.

 Nuestros antepasados delimitaron el espacio luminoso a un lugar cerrado y allí confinaron a la mujer a la oscuridad; entiendan nada había más bello que la blancura de la piel, el ideal femenino por excelencia.

Hábitos

Las mujeres se ennegrecían los dientes y se afeitaban las cejas para realzar el brillo del rostro. el rouge era  azul-verdoso de un negruzco nacarado  que daba una tonalidad especial. Imaginen una cara bajo la luz de una linterna con dientes lacados de negro entre unos labios de un azul no real: se asemeja a un rostro blanco. La blancura de los blancos es translúcida;  la nuestra nos separa del ser humano.

La luz

América está entregada a la orgía de la luz eléctrica con anuncios de neón. El potencia de bombillas que utilizan en un ambiente es inconcebible y, en verano, da mucho más calor. Como hace mucho calor, hacen funcionar  los aires acondicionados porque esas luces como bolas de fuego no se soportan; a veces son tres o cuatro en el techo en  el jardín, en los cuartos de baño,  en la entrada, en las escaleras y nunca un lugar a la sombra para refugiarse.

 

En Japón el aire circula y el calor se disipa lateralmente.

La sombra para Oriente es una cuestión de estética.

 

Bibliografía Tanikazi, J. El elogio de la sombra. Ensayo.

LA MÍSTICA CARMELITANA

 

 

LA MÍSTICA CARMELITANA 


La mística carmelitana tiene su origen en el Carmelo con Santa Teresa y particularmente en la lírica con San Juan de la Cruz. Su origen proviene de los ascetas y de las tendencias de otras órdenes religiosas, en especial de los franciscanos Pedro de Alcántara y Osuna y Fray Luis de Granada, aunque ninguna de estas figuras sea comparable a los mayores exponentes de la Orden del Carmelo.

Se da en ellos la fusión íntima y delicada de la vida espiritual y la dinámica vida de acción: entre las cosas de Dios y de la tierra, entre el éxtasis sobrenatural y el cuidado de lo cotidiano se abrazan en su doctrina la mística especulativa y la empírica pasando de lo ideal a lo real en una síntesis jamás igualada. Expresan además sus más altas experiencias que otros han debido guardar por no haber podido alcanzar esas cimas, la de Santa Teresa en prosa y San Juan en lírica.

 

Empresa difícil atreverse a hablar de la sublime mística del santo ni de las honduras de su espíritu humano, no logrando comprenderla el entendimiento ni alcanzarla sin ser sostenida por la palma del Señor. No cabe en el corazón lo que Dios guarda para sus elegidos en la bodega de sus vinos, cuya embriaguez hace temblar y hablar maravillas no soñadas por ningún ser humano.

Y lo peor es que no existe tampoco forma de explicarla, por muchos rodeos que se den. Podrán sonar armoniosamente en los oídos de los profanos o conocedores de la literatura y la poesía mística; podrán sus metáforas agradar por la gracia; podrán admirar la abundancia de su lenguaje o lo castizo de los vocablos, pero ni la armonía ni el encanto ni el caudal del vocabulario bastarán para introducirnos en los secretos de la compenetración psicológica-divina ni en los estados que el alma atraviesa.

Adivinando- más que sabiendo-  podemos analizar al santo. La literatura mística, cuando logra los quilates de San Juan de la Cruz desquicia a quien posee el sentimiento de la belleza en sus tres poemas más célebres: Cántico espiritual, En una noche oscura, Llama de amor viva.

El tema único es la unión con Dios, pero por no existir un vocabulario místico debe valerse de símbolos a veces tomados del Cantar de la Biblia o de imágenes amatorias de poetas profanos. La intensidad y delicadeza amatoria, hecha de suaves y delicadas insinuaciones, de sublimes estrofas es tan viva que alcanza las cumbres inalcanzables. El plano humano es elevado milagrosamente al más alto simbolismo religioso, porque cada metáfora tiene tan hondo y poético significado que el lector puede olvidar entre el erotismo y lo divino y aquellas expresiones de amor encendido.

 

Menéndez y Pelayo escribe lo siguiente sobre su mística: “por allí ha pasado el espíritu de Dios embelleciéndolo y santificándolo todo (…); confieso que me infunde religioso terror al tocarla; no parece de este mundo ni es posible medirla con criterios literarios y eso que es más ardiente de pasión que ninguna poesía profana y tan elegante y exquisita en la forma y tan plástica y figurativa como los más sabrosos frutos del Renacimiento. Su lenguaje, enriquecido con espléndidas metáforas es propio de los ángeles (…)

Borracho de luz, se columpia en el aire, gorjeando suavísimos arpegios entre las impurezas de lo terrenal.”

Los poemas sanjuaninos significan amor, embriaguez y plenitud, aunque con términos humanos. No existe otro lenguaje. Si hacemos abstracción de lo alegórico tienen un valor sublime; baste un ligero toque de soplo religioso para que toda su poesía se transforme en armonía celestial. Se insinúa un aire entre los versos otorgándole una trascendencia divina. El Amado es Dios y el Alma, su esposa. Poesías que apuntan al sentimiento musical más allá de los sentidos.


A San Juan de la Cruz no le interesaba el arte; lo único que le importaba era Dios y es de este modo como el prodigio de su obra se torna densa. El amor a Dios lo llenaba todo. Estaba a una distancia sideral del arte por el arte. Todo se liga en este poeta como un ejemplo del amor profano en amor divino, que es finalmente la expresión mística. Avanza atraído hacia el centro de su real obsesión: Dios y su unión amorosa con el alma a través de la Unión Unitiva.

San Juan de la Cruz es un monje que supera en arte a cualquier artista del Siglo de Oro. La literatura mundial no ha producido nada más nostálgicamente perturbador, donde cada vocablo recibe la plenitud de la gracia estética. Existe una intensidad de símbolos y un idéntico fervor lírico emotivo que nos aproxima mejor a los misterios de la divinidad.

Nos encontramos en el límite del precipicio, empujados, sin posibilidad de retorno; allá, abajo, la razón humana se quiebra en mil partículas. Sólo nos resta   abandonarnos en los brazos de Dios.

 

Bibliografía:Aalborg tomo Siglo de Oro o San Juan de la Cruz
Menéndez y Pelayo (introducción al tomo I de la Historia General de las literaturas hispánicas de Guillermo Díaz Plaga, Barcelona 1949, página 28 y subsiguientes.

GRECIA Y BORGES

 

 

 

 

GRECIA Y BORGES 

El fin del pensamiento presocrático fue la búsqueda de lo estable en un mundo cambiante. Tal equilibrio se debía encontrar en la primera sustancia
Para Tales de Milete esa sustancia fue el agua; para Anaximandro, el “apeiron“, infinito cuyo incesante movimiento delimita las cualidades básicas de la materia; para Anaxímedes, el aire, como sustancia que podía condensarse en líquidos o sólidos o enrarecerse en el fuego; para Pitágoras, una sustancia abstracta representada por el número; para Empédocles, lo formaban los cuatro elementos juntos: aire, tierra, agua y fuego, de cuyas múltiples combinaciones nacerían las cosas. Anaxágoras nos habla del “nous”, elemento ordenador y gobernador del caos; Parménides centra toda su atención en el carácter inmutable del Ser, negando el movimiento que defiende con obstinación Heráclito, quien afirma la perpetua mutabilidad de las cosas y un incesante movimiento en el cual la vida surge por transformación de lo que muere; mantenía este último que el fuego era esa sustancia primordial.
Heráclito juega con el tiempo y el movimiento, con la esencia y la existencia de las cosas: ¿Cuál sería la posición del hombre que participa del ser, del existir, del tiempo y del movimiento y a la vez puede concebirlos y explicarlos frente a la maraña difícil del conocimiento del cosmos?
Cada uno de estos filósofos presocráticos se sintió responsable y a la vez depositario de una palabra de origen divino, que debía transmitir a los otros seres humanos. Esta actitud -frente al hecho que ha de considerarse- se ve sustentada por la creación de un sistema coherente del pensamiento.
Problemática actitud fueron los parámetros de la presente indagación en la obra de Borges, agrupándolos según los parámetros y la paternidad de sus inspiradores. De estas lecturas y reflexiones surge una actitud filosófica pura, con las necesarias y equilibradas dosis de ciencia y poesía.
W. Jaeger considera que la filosofía griega es una especie de teología natural, fundada sobre un meticuloso conocimiento racional de la naturaleza de las cosas y piensa que las especulaciones anteriores y posteriores a Sócrates giran alrededor del tema de la divinidad, que serían más adelante los potenciales teólogos cristianos.
Me ocuparé en esta primera parte del ensayo de Sócrates, Platón y Aristóteles.
A) SÓCRATES:
Borges, en todo su corpus, no menciona al filósofo en frecuentes ocasiones; sin embargo, su muerte lo tocó, ya que es el individuo en ese instante quien le interesa, asociado de algún modo a la injusta muerte de Cristo o de Buda, muertes sin las cuales no se concibe la historia de la humanidad.
La impronta que la filosofía griega deja sobre la obra borgiana posee diferentes matices y niveles. Podríamos dividirlo en dos aspectos: a) el manejo de las figuras frontales como Sócrates, Platón y Aristóteles, que cubre los aspectos eruditos de toda su actividad literaria y b) cuando el poeta se transforma él mismo en filósofo y crea su propio cosmos, desde esa misma mutación que corresponden a las fuentes presocráticas, manifestando un interés profundo frente a los eternos problemas filosóficos: el Ser, el Tiempo, la Cantidad y el Infinito.
B) PLATÓN:
Borges prefiere intimar mejor con Platón y con Aristóteles, porque nos legó mejores resultados literarios sobre el célebre tema de las ideas, los Arquetipos (o formas), piedra angular de la Teoría del Conocimiento.
Platón sostenía que el mundo de las Ideas estaba completamente desvinculado del mundo sensible; al primero podemos acceder por medio del puro intelecto. Son formas que existen “ en sí y de por sí,” independientes de la mente o de las cosas, contenidas en una realidad suprema, denominada el Bien; es una forma de las formas, únicos objetos del conocimiento verdadero, inmutables realidades que la mente humana logra percibir en la vida real como imágenes o sombras de la idea pura y perfecta; prisioneros del cuerpo, no alcanzaremos la idea pura hasta después de la muerte, cuando el alma, liberada de su prisión física, levante vuelo y llegue al conocimiento perfecto.
La alusión de la muerte enriquece el texto como medio para la definitiva contemplación de las formas. Otra vez encontramos los arquetipos cuando dice: “La esfera de Pascal: “La esfera es la figura más perfecta y más uniforme, porque todos los puntos de la superficie equidistan del centro.”
2) Existe toda una elaboración a partir de la idea del Arquetipo. En tres de sus poemas Borges nos habla de la figura de un animal salvaje, presentada en su dimensión actual o en su forma arquetípica. En estos tres casos, el hombre modifica la dimensión de la fiera con el encierro o la muerte.
Tenemos dos menciones aún más complejas en dos poemas: “Beppo”, el gato borgiano, al cual lo presenta en tres situaciones, como una relación de conocimiento sujeto-objeto:
-Un gato frente a un espejo (sin saber que es su imagen).
-El poeta, frente a Beppo y su imagen en el espejo; dice que ambos son manifestaciones de un arquetipo eterno (gato-imagen, idea arquetípica).El hombre frente a sí mismo.
El mismo tópico, en otro poema del mismo libro citado, donde nos habla de “las dos catedrales”. La catedral de piedra y el poema que la representa, como manifestaciones de la Idea Arquetípica, sólo perceptible para quien ha muerto.

La doctrina de Platón, que tanto ha inspirado al cuerpo borgiano, es también fuente de aguda crítica ingeniosa.

En HISTORIA DE LA ETERNIDAD, vemos lo siguiente: “(…) Del concepto de eterna Humanidad no espero lo mismo; sé que nuestro yo lo rechaza, ya que prefiere derramarlo sin miedo sobre el yo de los otros. Mal signo; formas universales mucho más arduas nos propone Platón. Por ejemplo, la mesa inteligible que está en los cielos; arquetipo cuadrúpedo que persiguen condenados a ensueño y a frustración de todos los ebanistas del mundo: sin una mesa ideal no hubiésemos llegado a mesas concretas. (…)
“(…) De la patología y agricultura no hay arquetipos, porque no se precisan. Quedan excluidos igualmente la hacienda, la estrategia, la retórica y el arte de gobernar -aunque con el tiempo, algo deriven de la Belleza y del Número. No hay individuos, no hay una forma primordial de Sócrates ni siquiera del hombre alto o de emperador; hay, generalmente, el hombre. En cambio, todas las figuras geométricas están ahí. De los colores, sólo están los primarios. (…). En orden ascendente, sus más antiguos arquetipos son estos: la diferencia, la igualdad, la moción, la quietud y el Ser.” ( …)
Un caso particular de idea arquetípica en relación al objeto con su nombre lo encontramos en un tema que Platón desarrolla en El Cratilo, donde expone dos opiniones opuestas: la de Cratilo, que sostiene que los nombres son algo convencional. Sócrates afirmaba que, como las cosas tienen una realidad permanente, no depende de los hombres la tarea de fijar nombres; los nombres no son siempre los justos, ya que el uso, la convención o los elementos arbitrarios intervienen. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar.
El problema del conocimiento de Platón lo vemos en Blacke, donde alude al difícil dilema de la relación idea-objeto, que la inserta en el esquema del mito de la caverna.
El objeto es una rosa y Borges se pregunta en qué aspecto cualitativo de la flor está ella misma.
Puede ser esa rosa la imagen de una idea de la cual no tenemos ni remotamente una noción clara.
Como las sombras, en el fondo de la caverna, pueden figurar objetos, que nada tienen en común, con los que transitan por la pared que la fogata ilumina.
La curiosa y difícil relación idea-objeto puede repetirse en el esquema idea-escritura. Dice Platón en El Timeo: “Es una tarea ardua descubrir al padre y hacedor de este universo y, una vez descubierto, resulta imposible comunicarlo a todos los hombres.”
Con respecto a la escritura, dice en Fedro: “Las páginas escritas son como figuras pintadas; parecen vivas, pero son incapaces de responder formulación de una pregunta. La escritura no provoca remembranza sino medio para recordar.”
Esta presencia del filósofo  en su obra no puede concluir sin la referencia a la discusión del tiempo, elemento de gigantesca dimensión en su pensamiento. En un artículo de Historia de la Eternidad, Borges apunta a esta discusión. En el primer ensayo de la obra citada comenta el concepto de Platón, según el cual el tiempo es imagen móvil de la eternidad. A través del filtro de diferentes escuelas filosóficas, el poeta finaliza en que ninguna concepción de la eternidad es meramente un agregado del pasado, presente y futuro sino “una cosa más sencilla y mágica: la simultaneidad de esos tiempos”. Es una concepción no inventada por este filósofo -porque los presocráticos ya se habían aproximado a ideas similares-pero sí la amplió y resumió con lujo.
El esplendor de la eternidad es paralelo al del infinito matemático, que también admite dos concepciones: a) la tradicional (agregado numérico de infinitos términos) y b): el conjunto, denso. Elige este último, porque le permite urdir juego lógicos-ingeniosos, al enfrentarla con la otra.
El otro artículo que hace referencia al tiempo circular en el cual comenta el pasaje de El Timeo que habla del año perfecto, según una visión astrológica, la historia repite el carácter cíclico del movimiento planetario y al cabo de cada año platónico renacen y cumplen su destino los mismo individuos. La idea del tiempo cíclico ya aparece desarrollado en los presocráticos; muchas veces se volvió a ella, desde diversos ángulos y con diferentes resultados. Borges recuerda el carácter astrológico del concepto cíclico de Platón, al cual considera uno de los tres modos de concebir el eterno retorno. Otro es el matemático; “siendo finita la materia, es finito también el número de posibilidades de cambios de esa materia, agotado el cual, vuelven a repetirse las anteriores”. El tercero concibe ciclos similares, no idénticos y es el que más amplios márgenes de interpretación admite. En una posición extrema, cada vida, breve o larga, triste o dichosa, contiene todo lo que una vida puede contener y la historia de cada hombre es la historia de la humanidad. Es una concepción cuantitativa; la existencia del hombre es una cantidad constante, invariable, pues o bien entristece o irrita, aunque en los tiempos que declinan es la promesa de que ningún oprobio, ninguna calamidad, ningún dictador podrá empobrecernos.  
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C) ARISTOTELES.
Este filósofo “funda la metáfora sobre las cosas, no sobre el lenguaje.” También menciona Borges que fue el estagirita el primero en refutar la célebre paradoja de Zenón de Elea, sobre la carrera de Aquiles y la tortuga y que lo hace “con brevedad desdeñosa.” No obstante esta refutación le sirve para elaborar el argumento de “El tercer hombre” en contra de la doctrina de Platón. Dicha exposición y discusión le servirá de argumento reflexivo a fin de llegar a Santo Tomás de Aquino y su original ocurrencia sobre el “regressus ad infinitum,”afirmando la existencia de Dios mediante un medio absolutamente lógico. Para Borges, Zenón de Elea es incontestable, salvo que confesemos la idealidad del espacio y del tiempo. Aceptemos el idealismo, el crecimiento concreto de lo percibido y eludiremos la pululación del abismo de la paradoja.
Notamos un Borges activo, participante de una discusión de siglos, desdoblado en un comentarista actual y un pensador antiguo. Tal vez hasta podríamos incluirlo en la categoría intemporal de los “presocráticos.”
En “Avatares de una tortuga”, el procedimiento es similar; expone el asunto de la paradoja primero con sus palabras y luego con la cita de Aristóteles y la refutación del Estagirita con el argumento. Borges concluye que Zenón de Elea recurre a la infinita regresión contra el movimiento y el número y Aristóteles, contra las formas universales. Nuestro autor se explaya sobre interpretaciones y refutaciones de la aporía y razonamientos varios, que elabora desde ella. Nombra entre varios a Agripa, Santo Tomás, Leibnitz, mientras Lewis Caroll propone una paradoja en la que las distancias entre Aquiles y la tortuga crecen en lugar de disminuir.
Borges finaliza con una paradojal expresión poética: ”( …) Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo, Le hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo, pero hemos consentido en su arquitectura, tenues y eternos intersticios de sin razón para saber qué es falso.”
Sabemos que éste filósofo fue estudiado con mucho cuidado por los árabes del Medioevo.
En “La busca de Averroes”, el escritor argentino comenta la dificultad de los comentaristas árabes para poder comprender los conceptos de “tragedia” y “comedia” inexistentes como formas de teatro en Oriente y como género oriental:” ( …) La víspera, dos palabras dudosas lo habían detenido en el principio de La Poética. Esas palabras eran tragedia y comedia. ( …) nadie, en el ámbito del Islam barruntaba lo que querían decir (…). Recordé a Averroes, que encerrado en el ámbito del Islam, nunca pudo saber el significado de estas voces ( …)
Con su lúcida maestría, el escritor nos lleva a una insospechada conclusión y su original y particular intervención muda la fábula en un juego lógico: “( …) Sentí (…) que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui ( …) y que ( …) yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta el infinito.( …)“

LOS PRESOCRATICOS


Sócrates divide de dos modos, estilo o principio el pensamiento filosófico: a) el especulativo, casi científico, que se concreta en una densa expresión poética y b): el práctico, que apunta a principios morales y políticos, en una expresión más clara, aunque nunca exenta de poesía. En a) encontramos a Tales de Mileto, a Anaximandro, Anaxímenes, Empédocles, Anaxágoras, Zenón, Pitágoras, Parménides y Heráclito pensadores que vivieron entre el último tercio del S VII a.C y el segundo tercio del S V a.C, denominados los presocráticos y b) Sócrates, Platón y Aristóteles con sus seguidores, en una instancia posterior. Los presocráticos, en el ámbito donde lo infinito y lo eterno se mueven naturalmente, el hombre finito y mortal, preguntando e intentando encuadrar sus respuesta en un coherente sistema del conocimiento, a través de un lenguaje poético, a veces oscuro, apuntando al mismo tiempo a lo racional y a lo intuitivo.
Los seguidores de Sócrates parten del hombre y su relación consigo mismo, con los dioses y las instituciones, a fin de discutir el problema epistemológico, imitando la investigación de la naturaleza. La delimitación de su problemática es más precisa y sus objetivos son más inmediatos.
A) TALES DE MILETO:
De él rescata una idea fundamental: el agua, como principio de todas las cosas .
B) EMPEDOCLES DE AGRIGENTO: Señala uno de sus principios: los cuatro elementos de la naturaleza.
Empédocles de Agrigento nos explica que el uno se divide y se reconcilia y los dioses serían la urdimbre de este drama universal. Para Borges, esa trama es la eterna correlación e infinita ramificación de causalidades a través del tiempo en la que se insertan la vida del hombre y los objetos que la circundan. El tiempo, el círculo sin principio ni fin, el vértigo y la ilusión, la memoria mesurada, el laberinto, la forma del tiempo y del conocimiento complejo y las tareas, según el argumento, son elementos constantes que conforman la trama.
C) ZENON DE ELEA.
Las aporías de este filósofo a menudo están presentes en alusiones directas:
En la perpetua carrera de Aquiles y la tortuga, Borges incluye dos trabajos sobre esta paradoja que denomina “joya”, indiferente a toda refutación hecha a través de los siglos.
D) PITAGORAS DE SAMOS:
La filosofía de la relación numérica -con su concepción del tiempo circular y de la trasmigración anímica- ejerce un poderoso atractivo, que interpreta como la repetición de circunstancias el resultado de la finitud de posibilidades combinatorias de elementos finitos -lugares, personas- en un medio infinito -espacio, tiempo-; agotadas las combinaciones, todo vuelve a suceder nuevamente, trasmigración y amnésis incluidas.
En la “noche cíclica” reúne todos los elementos pitagóricos ortodoxos y borgianos en lugares, objetos, personas, espacio, tiempo. Tenemos la evocación del ciclo completo, cuyo primer verso es igual al último, como anticipo de un ciclo futuro.
En el futuro regreso del lejano pasado se producirán los mismos episodios míticos e históricos y la mano que registra ese concepto volverá a nacer del mismo vientre. Borges reitera la combinación del sistema matemático griego con el conjuntista, logrando una no-definición que le da pie para evocar su propio pasado.
La imagen de Buenos Aires, de la historia del autor y de los sitios por él frecuentados y que le tocó vivir, conforman un microcosmos similar al del macrocosmo griego y su historia universal, -la real y la soñada-. Entre uno y otro se establecen relaciones intemporales y unívocas, como las operaciones con conjuntos.
D) PARMENIDES DE ELEA:
Federico Nietzche destaca que estos trágicos pensadores fueron los primeros en plantearse el problema del Ser; para ellos, la vida estuvo al servicio del conocimiento y del pensar. Aquí nos ocuparemos de la existencia del Ser que perturbó a los eleatas, convirtiéndolos en los verdaderos filósofos griegos. Heidegger acepta, muchos siglos después, que los presocráticos no apartaron la vista del Ser, buscando algunos las relaciones entre el Ser y el Devenir (como bien veremos en Heráclito de Efeso) o entre el existir y la nada y en establecer el concepto de verdad, como apertura o revelación, no como resultado de un encadenamiento lógico. El mismo entusiasmo de los filósofos modernos por los presocráticos, alcanzando extremos límites por instantes, se comprende viendo los fenómenos de aceleración cultural, desde un siglo en adelante: el acelerado progreso científico que escapa de los esquemas lógicos y del conocimiento de la filosofía tradicional, en las figuras más lejanas -desde Sócrates en adelante- el desborde estético que se manifestó en todos los “ismos” que le siguieron: fue lo que nos distanció de todo intento estructural, una estética de validez sólida.
Esa velocidad le devuelve al hombre la imagen de su verdadera dimensión, de su infinita pequeñez frente al universo, de sus límites, sus carencias y potencialidades. De poco le vale sus conocimientos y habilidades hoy, porque su devenir lo excede. Se busca lo estable en un mundo en constante cambios; se busca regresar al principio de la problemática central de los presocráticos en la pregunta: ¿Qué es el Ser? ¿En qué se relaciona con el existir?
Como Parménides, los anteriormente citados, Tales de Mileto, Empédocles de Agrigento, Pitágoras de Samos etc. citados por Borges en su obra, buscaron la sustancia primordial de las cosas.
La actitud del escritor, frente al universo, la contemplación de su interior en sus correlaciones con su entorno y con los demás, la creación de un sistema que explique la compleja mecánica del yo- otro-;  la inclusión de su obra está dentro de ese sistema o de un distinto de igual coherencia.
En Parménides nos ocuparemos de la búsqueda del Ser; numerosos textos del autor registran una afirmación cuyo núcleo es una forma personal del singular o plural del verbo ser, que nace como resultado de una inmediata experiencia, en medio de un flujo textual. En un mismo poema podemos hallar un croquis autobiográfico, que defina a su Ser desde tres ángulos y esta definición “mutátis mutandis” es aplicable a todo ser, al Ser:
Es curioso el pensamiento de Parménides sobre la metáfora de los dos caminos: el de la verdad aclara cómo es el Ser y que es imposible que no sea y el que sostiene que el Ser no existe y el no-ser es necesario. Existiría una tercera posición diferente al ser y al no-ser, que se manifiesta varias veces en la obra del escritor, en sus juego de imágenes y espejos, en las apariencias y desdoblamientos. Es un camino que pertenece también a Parménides de Elea.
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F) HERACLITO DE EFESO.
Aparece un mayor número de veces, incluso le dedica dos poemas con su nombre. Tiene seguras raíces en la visión trágica del mundo, inmersas en el tiempo incesante, que imprime a los seres y objetos una cambiante condición en un fatal sendero de destrucción final. Heráclito es para nuestro autor un hombre barroco. Imposible olvidar la importancia que nuestro autor le otorga a la inteligencia y a la razón, valores que se manifiestan en las actitudes presocráticas. Pese a que a los hombres les es dado conocerse a sí mismos, viven en la apariencia y se alimentan de ella. Borges se preocupa sobre la esencia y la apariencia de los seres y objetos en innumerables referencias de profundo sentido metafórico como los espejos “fatales e incesantes.” Heráclito tiene una concepción cíclica del tiempo -en lo referente a la vuelta de los astros-para formar una situación estelar idéntica al cabo de una determinada cantidad de años. Sostiene que el hombre es un peregrino del tiempo y que el sentido de su camino debe medirse en el constante movimiento del gran círculo temporal, pues al cabo de cada año se provoca una catástrofe que luego será apoteosis. Borges sigue más a Pitágoras en la concepción cíclica; en cambio, hace suya la preocupación del filósofo nombrado sobre la mutación temporal que resumió en su axioma: “ no nos bañamos dos veces en el mismo río; si varios se bañan en el mismo río, no los mojan las mismas aguas;” otro de sus axiomas es; “todas las cosas fluyen.” Encontramos en el corpus borgiano alusiones directas que giran en torno del problema del tiempo.
La primera parte del poema A Heráclito presenta un juego simbolizante del paso inexorable del tiempo. Se insertan a su vez varios conceptos fundamentales de la ideología del filósofo: a) la naturaleza ama las oposiciones y trata de sintetizarlas a fin de lograr la armonía, ya que todo nace de la lucha, b): la identidad corre a través de la diferencia, estando ésta en el corazón de la identidad, c) es lo mismo en nosotros la vida que la muerte, la vigilia que el sueño, porque unos se transforman en los otros y d) no existe otro ser que el
devenir: somos y nos somos y todos los cambios se producen dentro del Ser.
El otro poema con el mismo nombre, “Heráclito” es una visión estetizante de la figura del filósofo de Efeso, un artificio evasivo del escritor. Aparece “el Oscuro” caminando por su ciudad, una tarde, hasta que alcanza las orillas de un río, cuyo incesante movimiento le inspira sus célebres aforismo y lo conduce a la identidad hombre-tiempo. Esa identidad nos lleva, simbolizado en la figura de Heráclito hacia un ser cuyo único tiempo es el futuro y cuya existencia es un sueño efímero, sostenido por la reiteración de los dos factores condicionantes del conocimiento profundo de las cosas: purificación y olvido. Esta concepción severa, unida a la geométrica desnudez enunciativa (cada verso aquí es una oración unimembre) recuerda los breves aforismos de Heráclito. Se insertan a su vez varios conceptos fundamentales de la ideología del filósofo.
Heráclito tiene una concepción cíclica del tiempo -en lo referente a la vuelta de los astros- para formar una situación estelar idéntica al cabo de una determinada cantidad de años. Sostiene que el hombre es un peregrino del tiempo y que el sentido de su camino debe medirse en el constante
El otro poema con el mismo nombre, “Heráclito” es una visión estetizante de la figura del filósofo de Efeso, un artificio evasivo borgiano. Aparece “el Oscuro” caminando por su ciudad, una tarde, hasta que alcanza las orillas de un río, cuyo incesante movimiento le inspira sus célebres aforismo y lo conduce a la identidad hombre-tiempo. Esa identidad nos lleva, simbolizado en la figura de Heráclito hacia un ser cuyo único tiempo es el futuro y cuya existencia es un sueño efímero. El río- tiempo, su simétrico el tiempo- ser y su mutante: ser o no ser posee una activa presencia a lo largo de toda la obra borgiana. He aquí algunas citas en las que se alude directamente al ilustre filósofo: en Olaus Magnus en su condición cambiante, el hombre pasa por un determinado número de situaciones limitadas por su inherente finitud y el curso de su tiempo no lo acerca hacia algunas que él desearía de un modo especial.
Consta de siete estrofas estructuradas simétricamente: la primera y la última evoca la imagen del tiempo-río; la segunda y tercera desarrollan la idea de un tiempo transformador a través de las oposiciones sueño-vigilia, día-noche, vida-muerte y sus respectiva interrelaciones; la quinta y la sexta caracterizan al arte como un espejo eterno, al margen de su encadenamiento temático, son estrofas semánticamente independientes.
En su condición cambiante, el hombre pasa por un determinado número de situaciones limitadas por su inherente finitud y el curso de su tiempo no lo acerca hacia algunas que él desearía de un modo especial.
Existen otros pasajes donde Borges acude a la imagen del agua y a la sutil materia temporal que conforma a la humana existencia, encerrando la mencionada imagen en una sólida estrofa en que la rima está dada por la repetición de las mismas palabras, hecha ya vista en otras ocasiones.
Existen otros pasajes donde Borges acude a la imagen del agua y a la sutil materia temporal que conforma a la humana existencia, encerrando la mencionada imagen en una sólida estrofa en que la rima está dada por la repetición de las mismas palabras, hecha ya vista en otras ocasiones.
En los dos últimos poemas citados encontramos nuevos ejes: río-laberinto, y materia-tiempo. Y en este último “Soneto del vino” ), la imagen tiempo-río actúa como segundo término comparativo de la marcha del vino a través del tiempo histórico.

CONCLUSIÓN
Los juegos con el tiempo y con el infinito se manifiestan con severidad metodológica y con armoniosa belleza en numerosos trabajos de Borges. Tiempo e infinito son también dos picos fundamentales en los pensadores presocráticos y se desarrollan en un análisis paralelamente aritmético y geométrico. Las posibilidades combinatorias, la representación numérica y gráfica del infinito y la aproximación de los sistemas matemáticos y coherentes son los caminos más arduamente frecuentados a fin de acercarse al universo, que Borges intenta explicar racionalmente. Cada verso de un poema es una reminiscencia de otros y podría ser un motivo de nuevo análisis, únicamente posible, cuando un criterio severo y racional se pone al servicio de su caudalosa vena poética. En “LA ROSA PROFUNDA, LA MONEDA DE HIERRO, HISTORIA DE LA NOCHE y por sobre todo en LA CIFRA, nuestro autor nos muestra la síntesis concisa -lejos del barroquismo de su juventud, arte que adquiere en sus últimas creaciones poéticas. La convergencia geométrica en toda su plenitud la encontramos en el último libro mencionado.
He intentado aproximarme en el tema Grecia y Borges. Las palabras del escritor valen como piezas de un engranaje filosófico, plagado de honduras.
El sentido abarcador de su poesía trasciende lo terrenal para extraviarse en lo puramente cósmico. Cualquiera de sus páginas en su vastísima obra podría ofrecernos un nuevo punto de partida que justificara la aplicación del epíteto presocrático. Lo intenso del universo helénico y la actitud profunda de Borges lo confirman. Quedan siempre las puertas abiertas sin candados para el estudio de otra compleja línea de pensamiento. Toda la labor literaria o filosófica, elaborada con dedicación, no hará sino destacar la condición que atribuyo solamente al poeta.

 

 

Bibliografía: Borges, Jorge Luis. Nombro únicamente sus libros pues las citas me ocuparían 4 páginas. EL OTRO, EL MISMO, LA CIFRA, HISTORIA DE LA NOCHE, FERVOR DE BUENOS AIRES, OTRAS INQUISICIONES, LA ROSA PROFUNDA, HISTORIA DE LA ETERNIDAD, DISCUSION, EL ALEPH, EL ORO DE LOS TIGRES, LA MONEDA DE HIERRO, EL HACEDOR, FERVOR DE BS.AS, ELOGIO DE LA SOMBRA.  OBRA. COMPLETA EN UN TOMO, LOMO VERDE  

La nota (30) es de Bruen, Jean. LES PRESOCRATIQUES.
Bibliografía General:
Ortega y Gasset; ¿Qué es la filosofía?
G. Simmel: “Problemas fundamentales de la filosofía.
K.Jaspers: La filosofía, Breviarios. F.C.E: año 1975
R. Mondolfo: El pensamiento antiguo
J. P Vernant. Los orígenes del pensamiento griego. Bs. As. Eudeba. Cap.2-8
C.M. Bowra: La Atenas de Pericles. Madrid, edit. Alianza. Año 1974, capítulo 4, 6, 7,9.
Ferré: Heráclito.
Weber A. Historia de la cultura: “culturas mediterráneas antiguas -época clásica, páginas 103-107. México. Buenos Aires, Eudeba. 1973


 

EL KAISER GUILLERMO I

 


EL KAISER Guillermo
II

 

Hijo primogénito del príncipe heredero Federico, casado con la hija mayor de la reina Victoria y el príncipe Alberto.  

Parto largo y difícil. Al tercer día notaron el brazo izquierdo paralizado, la articulación rota y los tejidos musculares lastimados. En ese estado no podía recuperar el movimiento de su brazo con ninguna cirugía.

La pierna izquierda tenía dificultad y con el oído izquierdo tuvo siempre problemas: le dolía desde niño.

Buen mozo, un poco afeminado (aclara su preceptor); no le interesaba su vida interior). Sufrió el carácter áspero de su padre y el desprecio de su madre, que se inclinaba por su hermano Enrique.

Su abuelo, el emperador Guillermo I, cumple noventa años; si no fue un buen rey, tenía a su lado a Bismarck, a quien no quería, pero respetaba y aceptaba sus sugerencias.  El Canciller, elevado a la categoría de duque y luego a príncipe, firmaba tratados y convenios para intentar –primero- apartar a Austria del Imperio Alemán y –segundo- apartarla junto a Rusia de una posible guerra en los Balcanes. Se aproximó a Rusia en 1887 recién cuando el Zar fue Alejandro III.

Cuando Austria se negó a renovar la triple Alianza imperial, Bismarck inventó otro modo de asegurar la paz. Rusia sabía que, si luchaba contra Austria, debería enfrentarse también a Alemania -si existía un peligro de confrontación en los Balcanes- pero, si Austria atacaba o invadía, Alemania ayudaría a Rusia. El Zar se comprometía a permanecer neutral, en caso de que Francia atacara a Alemania. Bismarck llamó a este convenio “el contraseguro contra Austria”. Se aseguraba Viena contra Rusia, por medio de la triple Alianza. Alejaba de Alemania el peligro de tener que luchar en el Este y el Oeste al mismo tiempo; este sistema del Canciller fue sin duda su obra magistral.

Cuando el Zar Alejandro llegó a Berlín en 1887, se encuentra con el Káiser y le declaró alejarse de una alianza con Francia, aunque desconfiara de Austria. Las fronteras de ese país eran hostigadas por tropas rusas y Bismarck temía una posible guerra y hacía lo imposible por evitarla con un emperador muy anciano y un príncipe heredero al borde de la muerte. Por medio de alianzas y tratados, todas las potencias europeas eran aliadas, neutrales o inofensivas. Sólo quedaba fuera Inglaterra, cuyas fuerzas eran desconocidas.

Durante diez años Bismarck tocó las puertas de Londres, dirigiéndose a Gran Bretaña con una proposición oficial de una alianza con Alemania y luego con Austria; presentó otro tratado para los tres Imperios, Inglaterra, Alemania y Austria, pero necesitaba un convenio público. Éste fue el legado del Canciller para la generación siguiente y ésta la situación difícil en que se encontraba el país, a la muerte del primer Emperador alemán, Guillermo I.

Su hijo Federico, mortalmente enfermo, agonizaba de un cáncer a la laringe. Fue un excelente militar en los campos de batalla y murió como muere un soldado.

Su madre le prohíbe a su hijo Guillermo en dos ocasiones ver a su padre moribundo. Guillermo pasaba por San Remo, rumbo a Roma. Tal vez nunca le pudo perdonar que subiera al poder tan joven, cuando ella había ansiado tantos años ser reina de Prusia y tuvo la desgracia de que su marido muriera apenas cumplido su sueño. Luego de operado, proclama que está sano; no podía hacerse a la idea de que estuviera agonizando. Su reinado durará poco y bien lo sabe. A los 22 años su hijo, Guillermo II será el futuro Emperador.

Eulenburg es y será su único amigo, con quien pasa horas escuchando música -Wagner, sobre todo-. Será él quien nos aporte muchos datos de su carácter, pues durante treinta años fue el favorito de la corte; escribía poemas, era un músico. Será al único a quien le acepta darle sugerencias políticas.

Al principio, el joven Káiser prometió a Bismarck no provocar a las potencias e inició su reinado con visitas al extranjero. Primero visita al Zar, en ese entonces Nicolás II. Nunca se quisieron; el Káiser encontraba a su primo débil y el Nicolás lo tenía por petulante y vanidoso. Viaja a Viena, a Roma, a Londres y a Oriente para tranquilizar la tensión vivida. El Canciller estaba alerta.

Guillermo II desea el respeto de su pueblo muy al principio de su reinado; sufrió disturbios sociales y pretendía obrar según sus principios

humanitarios. Más de cien mil hombres hicieron huelga en 1989, por sus jornales: “Debo velar por mis obreros” dice; contratistas y accionistas deben ceder; quiere aumentar los salarios, siempre que no sean socialistas o anarquistas; para él son lo mismo: los enemigos de la patria, que   debían ser aplastados, porque era un peligro grave para la democracia. Guillermo teme sufrir los atentados de su abuelo y los protege repartiendo derechos, sin ceder a los consejos de Bismarck, quien era un absolutista popular, al estilo de Federico el Grande, pero entre ambos había transcurrido un siglo.

Había dos temas que lo desvelaban; su fin y que el movimiento estimulado por él, acabara siendo más fuerte que el propio gobierno, al cual podría terminar derribando.

El Káiser probó y, cuando fracasó, reunió a la guardia Imperial. Entonces comprendió que todos los ministros obedecían a Bismarck. Jamás entendió cuán diferente hubiera sido su reinado, si lo hubiese conservado. Nadie quería al Canciller, pero se sometían a sus principios; el Canciller ordenó a su hijo mayor que se hiciese amigo del rey para asegurarse el poder; era un tirano en su familia y con sus empleados. Fue el individuo más odiado de Alemania, aunque no pudieron percibir cuánto le debían.

Guillermo II se mostró superficial y con ciertas falencias para reinar seriamente. Cambió el frac negro de la antigua Prusia por un calzón corto, medias de seda, zapatos con hebilla y los tricornios. Bismarck no estaba de acuerdo con los aduladores que siempre alababan a Su Majestad, pero éste no admitía que no aceptaran sus ideas.

Para sus viajes reservó doce vagones. En las ciudades importantes

se muestra con un casco de oro, muy serio y con la emperatriz a su lado sonriendo, muy al estilo alemán. A los cinco meses de subir al trono exige que les aumenten a seis millones su renta. Bismarck lo encuentra exagerado; ya existían gastos exorbitantes de su madre y de la Emperatriz y de sus hijos (se casó muy joven, por conveniencia, no por amor).

El yate costó 4 ½ millones. En sus viajes a Viena y a Roma, de modo ostentoso e innecesario llevaba como obsequios anillos de diamantes, condecoraciones de plata, alfileres de corbata, marcos para fotos de oro, relojes de oro con cadenas, petacas y condecoraciones de la orden del Águila con diamantes: el motivo era hacerse querer y ser admirado.

Viaja la mitad del año; más de treinta semanas está fuera del reino. No escucha a nadie y sólo expone sus ideas. Cuando reside en su país, a lo sumo lee los telegramas y la correspondencia, no más de dos horas diarias. Se encamina velozmente hacia la autocracia.

Un invitado en un banquete insinúa que Federico II no hubiera podido llegar a ser El Grande con un Bismarck al lado: la flecha envenenada entró en su corazón.

El Káiser protege en los comienzos a los obreros: descanso por las noches y los domingos y no al trabajo infantil. Afirma que los patrones los exprimen como a limones.  Los obreros quieren participar de los beneficios que producen y hacen huelgas, mientras crece el socialismo cada vez más organizados y audaces. Pronto hubo disturbios. El obrero, imposible de contentar, puede ser un peligro para la monarquía. Guillermo acepta que se discutan los edictos, que la ley se suavice, que el gobierno ponga fin a las deportaciones. El Canciller se irrita por esa conmiseración; el emperador se excita: “no desea manchar con sangre los primeros años de su reinado”. Bismarck le responde; “sin sangre, será difícil resolver la situación. Cuanto más tarde, mayor será la resistencia y mayor la violencia”. El rey se opone y Bismarck presenta la dimisión frente a todo el gabinete. Fue una maniobra muy hábil. En silencio quedan los ocho; todos se ponen del lado del Canciller por temor a su ira. El Káiser furioso intenta dominarse.

El Emperador se encuentra con el Zar. Nuevamente Bismarck se opone, pues traerá roces con Francia. La desconfianza de Nicolás crece junto a la amabilidad un tanto agresiva de su primo.

El Canciller encuentra oposición a sus reformas en el gabinete; sabe que esto halagará al Káiser. Arremete entonces: “Cuando un ministro no advierte el peligro a su soberano comete traición a la patria.” El Emperador firma; el canciller se niega.

Con esta proclama, es el primero que fija ante el mundo la idea de los consejos de obreros, tres décadas antes. El rey veía en esto justicia, pero su Canciller veía el peligro; los diarios advierten que su rey escucha a otros consejeros; varias ciudades en la confusión piden aumento de inmediato, apoyándose en las palabras del Reich y piden a la federación de obreros mineros la confiscación de todas las minas a su favor.

Entonces el anciano Canciller le dice: “me temo estorbar a Su Majestad en su camino”. Guillermo calla, o sea admite. Éste insinúa abandonar sus cargos en el gobierno y retirarse a su antiguo trabajo en el Ministerio de Relaciones Exteriores. El rey acepta con una inclinación de cabeza, pero

 cae en depresión; perdió sus primeras elecciones por causa de sus decretos. Los socialistas se triplican; se deberá reformar el voto, quitárselo a los socialistas, ya considerados enemigos del Estado, pero insiste “no con fuego ni granada.” Bismarck acude a su lado y le responde: “se los debe matar a balazos.” El rey afirma; “no quiero bañarme en sangre. Las reformas en el ejército deberán efectuarse por seguridad; no quiero conflictos”.

Aterrado, necesita una mano fuerte a su lado, pero el Canciller ya no soporta sus órdenes y esta vez presenta su dimisión irreversible.

El anciano se siente humillado; en una conversación para vengarse de la ingratitud y la deslealtad saca el tema del Zar, como por casualidad y le muestra lo que opina Nicolás II del Káiser: es “un loco, un joven mal educado y de mala fe.”

El Reich calla, no monta en cólera, pero se lo nota perturbado: jamás -ni antes ni más tarde- fue herido tan profundamente. Ahora desea vengarse de Bismarck y de su primo, el Zar. Su Majestad espera el envío su dimisión; “deberá estar a las 14 horas, donde su dimisión será aceptada.” Éste se niega a estar presente pues “su salud no se lo permite”. Nadie pensó en una dimisión del gabinete colectivo, lo cual hubiera sido lógico.

Luego de veintiocho años de influir sobre Prusia y en el Imperio, necesita una dimisión ante la mirada de la historia. El Káiser recibe la dimisión por escrito y sigue ejecutando música con su favorito. Solamente escribe al pie de página: “aceptada. W”.

La diplomacia comprende en el exterior –no en Berlín- lo que sucede en Europa. Guillermo triunfó, por ahora.

Pese al enojo y la humillación de saber lo que opina de él, Berlín y San Petersburgo se ponen de acuerdo: el Tratado no separa al Zar de Francia, pero la traición de la triple Alianza podría dejarlos a merced de Rusia; este país podría entonces imponer condiciones en un futuro. Los rusos estaban dispuestos a renovarlo por seis años –antes eran tres años- y luego sería considerado perpetuo. Para Alemania era la seguridad de no temer una guerra en dos frentes al mismo tiempo.

Holstein


Durante la visita de Guillermo a su tío, el príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII y el Reich brindan por la esperanza de que “la flota inglesa junto al ejército alemán garantice la paz.”

Tres meses después, Nicolás, aislado por Alemania, firma con Francia un Tratado de alianza.

En síntesis; por hundir a Bismarck, se hundió él y al Imperio. Desde la partida de Bismarck, todas las decisiones las tomaba el Emperador. Mientras se encuentra de viaje en Gran Bretaña, Bismarck visita a los emperadores en calidad de despedida.

Durante siete años, la política Imperial fue dirigida por tres hombres: El Káiser, Holstein y Eulenburg.

Su personalidad y costumbres


El soberano dedica su tiempo a hacer gimnasia, a la música, juegos de magia, representaciones. Sus compañeros rondaban entre los treinta y cinco y los sesenta años. No podía estar solo y, si lo estaba, iba al salón de la emperatriz, pese a temer el influjo femenino de las damas de su corte, tal vez por el odio a su madre. Se casó por obligación, muy joven, y nunca se le conoció relación alguna ni antes ni después del casamiento. Ella era sensible, cariñosa, algo torpe y muy religiosa. Él era un temperamento nervioso, un histérico autócrata. Le gustaba divertirse entre hombres. Su convivencia era muy aburrida; ella no intervenía para nada en política. Él no le hacía confidencias.

El Reich estaba entregado en cuerpo y alma al ejército. Repetía en sus discursos que la única columna en el Imperio eran los militares. Les cambió los uniformes varias veces, algunos hasta les impedía moverse cómodamente.

Con el tiempo aumenta su inseguridad y la falsa estima por su superioridad. Quiere siempre destacarse, ganar, no escucha consejos.

El Emperador desea emprender la ofensiva contra Francia y debilitar el Este, dividiendo en dos su ejército. Holstein amenaza con su dimisión para disuadirlo de esa idea poco factibleVeinte años más tarde, el plan del Káiser facilitó al ejército francés en la victoria de Marne, durante la Primera Guerra Mundial.

Deseaba declarar la guerra a Gran Bretaña, que se hallaba en guerra en otras zonas; sin barcos ni preparación alguna, desiste y propone otro plan: aliarse a Rusia y avanzar sobre India y Egipto. Cuando le hacen una objeción en su contra afirma que “sólo conoce dos partidos; los que están con él y los que están contra él”.

Tenía treinta años; su divisa es y será el absolutismo. Su interés en contentar a los obreros había mermado. No los podía contentar; para él eran una banda de rojos, indignos de ser alemanes.

En 1894, puso fin al Tratado comercial con Rusia y, en 1889, atacó el canal del Rin.  Alemania no resiste sus intervenciones ni sus locuras. No acepta un gobierno con forma constitucional. Si continúa en esa línea, será el fin de la monarquía. Su porvenir, seis años después de tomar el poder, era un misterio y un peligro. En1892, el lazo con Rusia se rompió; un año después el Tratado ruso- alemán. El anciano ex Canciller escribe en los diarios los planes de Rusia en los Balcanes. Sobre Austria comentó que “no es misión de Alemania ayudar a los planes de Austria en los Balcanes”. Guillermo opinaba que Rusia deseaba ocupar Bulgaria y solicitaba la neutralidad. “Yo juré ser fiel a Francisco José, no puede abandonarlo respondía al Zar.

Su amistad con Austria y los Habsburgo era por compartir la misma lengua, raíces y tradiciones históricas, aunque Austria será en el futuro la ruina de Alemania. Se sentía ligado con el anciano Emperador austrohúngaro y con el Sultán del Imperio Otomano: el conflicto era entre Viena y Petersburgo. Su alianza con los tres hubiera sido una ilusión que no se cumplió.

Mientras Napoleón III reinó en Francia, convivieron sin lastimarse la monarquía y los republicanos.

Con Inglaterra tenía una relación de amor-odio; pretendió minimizar el Imperio Británico que sentía como la patria de su madre. Era una difícil relación entre el país que admiraba y despreciaba al mismo tiempo.

Construir una flota que igualara la inglesa fue lo que lo llevó a La Primera Guerra, junto al conflicto en los Balcanes, donde Austria pretendió imponerse a toda costa. Nicolás defendió a los serbios, raza eslava con la cual se sentía ligado por tratados y acuerdos. A Inglaterra no le interesaba, pero sí el alarde de la flota alemana que anhelaba ser más potente que la inglesa. Hacer alarde a Guillermo no le dio ninguna ventaja. Inglaterra optaría siempre por Alemania contra Rusia, en cualquier situación de peligro.

El futuro Eduardo VII era lo opuesto al Káiser: directo, franco, claro. Guillermo necesitaba brillar y ser admirado constantemente. Era un ser nervioso, con períodos de depresión y muy vanidoso. Era inteligente, aunque, más pasaban los años, más desatinos hacía   más todos en la corte lo aplaudían.

Su madre, Victoria y su hermano, Eduardo, se escribían cada semana. Era un lazo muy fuerte. ¿Sentía celos el hijo no querido por ese hermano adorado por su madre?

Eduardo no quería a su sobrino, pero tampoco lo humillaba por su posición jerárquica.  No olvidaba que pronto sería él rey de Inglaterra y Emperador de India. Siempre antepuso la razón, la prudencia y la diplomacia. No obstante, pese a la inquina que se tenían, fue el Káiser a Londres, donde la reina y abuela lo halagó con gran esplendor. Eduardo fue ascendido a Almirante y sentía disgusto que su sobrino lo fuera a los veinte años.  A Eduardo le irritaban sus bromas infantiles.

 En 1893, Francia, en el Este asiático, estuvo a punto de provocar una guerra.  El país, apoyado por Rusia, deseaba extenderse hacia la India.  La flota inglesa era más débil que la rusa y francesa juntas; la de Alemania era aún pequeña; no sería de gran ayuda y el ejército no podría defenderse en dos frentes al mismo tiempo. Por obtener prestigio, debe jugar un papel importante pese a sentirse dejado de lado. Cayó en otra depresión pues se sentía inseguro y con miedo. Rechaza la Constitución.   Bismarck intentó durante diez años separar Rusia y Austria de los Balcanes. La doble alianza pasó a ser la triple alianza. Inglaterra no se decidía.

Holstein no estimaba al Reich y éste quería a Eulenburg a quien le

dejaba opinar sobre sus actos sin enojarse. La relación entre el Canciller y el favorito se puso difícil y Hohenlohe, que no odiaba ni amaba, desconfiaba de los tres. El Káiser descubrirá la traición de Holstein una década más tarde.

Dos neurasténicos decidían el rumbo de la política internacional en el Imperio Alemán.

 

Transvásala

 

Un médico inglés -con el consentimiento de Johannesburgo más Cecil R. preparó una invasión a la República: protesta contra Inglaterra. El Reich no quería la guerra, pero deseaba el triunfo. Marshall sostiene que se debe pensar en la opinión de los pueblos. El Káiser firma y se manda el telegrama. En Londres están furiosos con los alemanes y se vengan con los que vivían en Inglaterra; los apalearon, los despedían de las oficinas. La respuesta fue el traslado de la nueva escuadra del Mediterráneo al mar del Norte. Inglaterra no lo olvidó jamás y lo tendría siempre presente. El Emperador recibió críticas y sátiras de la sociedad inglesa. El príncipe de Gales estaba consternado. Semanas después, llega la negativa del acuerdo Mediterráneo con Austria e Italia; como consecuencia, Viena y Roma se indignan con Alemania.

Tipita comprende la necesidad de una marina de guerra alemana.

Bismarck había aplastado al pueblo: lo odiaba, le temía. Ahora, la soberbia del Káiser los inflaba de orgullo. El horizonte se volvía sombrío. Deseaba una reconciliación con Bismarck, aunque le aterrorizaba su regreso.

A los tres años de su ausencia, Bismarck llega a Viena ovacionado por sus admiradores. Se reconcilia con el Káiser quien desconfía; lo recibió medio Berlín; el hilo que unía Rusia con Alemania estaba roto.

Homenajes al anciano en todos los Estados; lo reciben con júbilo en Hamburgo; fue un período de homenajes que jamás conoció. Peregrinaciones llegaban a su residencia. “Antes el pueblo me quería tirar piedras porque apoyaba la monarquía: ahora me aclama el pueblo y la democracia (ironías del destino)”.  A los setenta y siete años, Alemania lo aplaude de pie. Guillermo pierde la partida.

Bismarck sufre una pulmonía. EL Reich le ofrece uno de sus castillos en Alemania Meridional, pero él no acepta moverse de su residencia. Cuando se recupera, Guillermo lo invita a su cumpleaños y le manda una botella de un vino añejo. Quedan en encontrarse y lo recibe con honores. El anciano llega con su hijo. Almuerzan juntos con la emperatriz. La visita duró ocho horas: el distanciamiento había durado ocho años.

El Káiser lo visita en febrero, cuando cumple ochenta años y le regala un sable de oro en agradecimiento de sus logros y éxitos por su país.

Al anciano   le preocupan los tiempos nuevos; se ha construido un nuevo trasatlántico e intuye el peligro que corre su país, conduciendo su obra a la ruina. En 1890 hizo firmar un Tratado donde, si un imperio era atacado, el otro se mantendría neutral.  Sin embargo, el acuerdo no fue renovado. El zar se acercó peligrosamente a Francia.

Nuevo distanciamiento para la conmemoración del centenario de su abuelo, el Emperador Guillermo I, al cual no es invitado. Al Káiser le atrae este anciano dominante que no puede vencer. Es un patriarca por su edad, pero su figura crece hasta ser una leyenda.

 En 1897, se lanza un nuevo acorazado. El emperador lo visita en su casa una vez más; será el último encuentro. Bismarck intenta hablar de política, pero el rey desvía el tema y termina la conversación con uno de sus chistes.  De nuevo intenta hablar sobre Alemania y Francia y nuevamente hace otra broma sin prestar atención, lo cual era una falta de respeto hacia el dueño de casa. Entonces le advierte y suena como una premonición: “mientras tenga Vuestra Majestad un cuerpo de oficiales como éste, podrá permitirse todo. Pero si llega a no ser así, sería también muy distinto”. Guillermo se hizo como si no oyese la advertencia.

No florecía su Imperio; no era feliz su pueblo. Aumentaba su poder naval. Europa teme al mayor ejército del mundo alemán.

Bülow, el nuevo Canciller

Reunía las cualidades de Holstein y de Eulenburg juntos; hábil en política, humano, aunque libre del sentimentalismo y del rencor maligno de Holstein. Buscaba obtener ventaja y ganarse la voluntad del Su Majestad; sabía adularlo con las palabras adecuadas, según su humor inestable. Fue un servidor amistoso; se expresaba bien, hablaba cinco idiomas y necesitaba tener influjo sobre un monarca voluble y sediento de adulaciones. Guillermo era un autócrata con un miedo inmenso que ocultaba tras una fachada de soberbia.

Viena y Berlín están en ese entonces en una relación tirante. Tiene un encuentro con el Zar a bordo de su navío. Bülow logró durante siete años mantener entre ambos una relación pacífica; puso fin a los telegramas y cartas violentas de Guillermo.

Tres veces intentaron los ingleses llegar a una alianza con el Káiser; tres veces tuvo el Emperador la decisión en sus manos, pues Bülow dirigía los negocios exteriores como antes lo hizo Holstein.  El sueño de Bülow era lograr unir Gran Bretaña con Alemania y también a Norte América porque -de ese modo- ningún grupo político mundial podría ganarles en poderío. Inglaterra entraría en la triple alianza; por presiones en el exterior necesitaba de Alemania para evitar la guerra.

En 1898 el Canciller señaló: “Cuando Inglaterra esté asegurada contra un ataque francés por una alianza con Alemania, y ésta, por una alianza con Gran Bretaña, consideraré la paz europea asegurada durante el tiempo que dure el pacto: sería un alivio y una tranquilidad”: con un año más en el poder, Bülow lo habría logrado, pero Guillermo no lo aceptó, porque Holstein estaba en contra de “los que quieren separarnos de Rusia”.

El Emperador gozaba haciéndolo esperar a Inglaterra y haciendo alarde de su flota. Bülow estaba convencido de que actuaba de buena fe y que “nuestro comercio estaría asegurado”. Guillermo no lo creía. Aliado a otra potencia, podría ser un peligro para las islas británicas. Alemania poseía un ejército ejemplar y una gigantesca escuadra.  La segunda vez, la petición la rechazó Bülow y la tercera se excusaron, “temiendo alarmar a Rusia”.  El Káiser le pidió ciertos beneficios al Zar Nicolás por su negativa a aliarse, “pues se trata de la paz de mi patria y del mundo”.  Nicolás respondió que Inglaterra le había hecho la misma proposición con el fin de distanciar la amistad de Gran Bretaña con Alemania.

 Victoria de Inglaterra no aceptó la visita de su nieto el día de sus ochenta años. Furioso le contesta a su abuela: “nos han tratado como a Portugal, a Chile o a la Patagonia por el conflicto de una isla ridícula (Samoa), que posee para Inglaterra el valor de una horquilla, comparada con sus posesiones”. La respuesta de la Reina Victoria fue de una admirable diplomacia. Se verían en tal lugar, pues “el día de su festejo no podrá recibirle”. El Káiser quedó igual satisfecho, porque hacía cuatro años que no viajaba a ese país y deseaba volver; partió con la Emperatriz y su Canciller.

Los Bóer -1899-

Amenazada por la guerra contra los Bóer, Inglaterra buscaba un aliado y optó por Alemania, que deseaba un acuerdo público. Sería una Triple Alianza teutónica con dos ramas anglosajonas. Holstein, desde Alemania, desconfía. Tampoco cree en un compromiso entre Francia y Rusia. Bülow creían en la oferta de amistad inglesa, pues Inglaterra luchaba en ese momento con Egipto, (Transvásala) y China. Necesita de la fuerza alemana.

Feliz de rechazar aliarse con Londres, Guillermo azuza a Rusia contra Inglaterra.  Está convencido que sólo Rusia podía vencer el poderío inglés.  Si no, habría llegado el momento de exigir a los ingleses el fin de la guerra en el exterior y ejercer presión en el continente, a riesgo de una Guerra Mundial, pero, como era su costumbre, en el último momento se echó atrás, con el pretexto que “debía consultar a Londres”.  Necesitaba a Inglaterra fuerte “indispensable para la paz de Europa”.

 

Muere la Reina Victoria en 1901, lo cual llevó a la reconciliación de la opinión inglesa con el Emperador, que llegó justo a tiempo para encontrarla con vida, no se apartó de su lado, tomó parte del entierro y estuvo en la coronación de Eduardo VII. La charla entre tío y sobrino fue amical, incluso pensaron en un acuerdo. Eduardo sabía que ambos juntos podrían ejercer como una policía mundial para la paz en Europa; incluso Eduardo aceptó que Alemania obtuviera colonias para extender su comercio. Pero los cambios abruptos del Káiser ponían un límite.  Chamberlain, el ministro inglés, se desanima y no quiere saber nada con Berlín. Hubo críticas contra la crueldad del ejército inglés en Transvásala; Inglaterra critica a su vez a Alemania por su conducta en la guerra de 1870; se rompen las negociaciones; tres meses más tarde; en 1902, intentan llegar a un acuerdo. El Káiser intenta aliarse con todos, siempre empecinado en su superioridad que todos los países conocían.

Bülow entra en escena. “Nuestros enemigos temen nuestro ataque y no saben que nosotros les tememos a ellos”.

El Emperador debilitó el ejército del Este por el del OesteAlemania nunca pensó en un conflicto con Rusia.  Mostró siempre desprecio hacia la raza amarilla, pese a recibir con honores a China, como aliado, lo cual resiente su amistad con Japón.  Prometió a Nicolás cubrir la retaguardia en Asia, sin consultar con el Ministerio alemán. El Zar y su primo tuvieron varios encuentros.

Cuando en 1904, Rusia estaba en Guerra contra Japón, el Káiser permaneció neutral.  Envió carbón a Rusia y Japón se enfureció. Si perdía Rusia, quedaría debilitada y debería aliarse entonces a Alemania, pensaba Holstein: dos imperios se unirían para someter a un tercero.

Nicolás y Guillermo firmaron una alianza defensiva para conservar la paz de Europa. En caso de un ataque, el aliado debía socorrer al otro.  La guerra ruso-japonesa estaba en su última faz.  Rusia fue derrotada en un combate naval en 1905. Francia no quería batirse por países Imperiales.

Nicolás habló mal de Eduardo VII y lo trata de “falso, traidor y peligroso intrigante del mundo”. El Káiser le prometió no contraer obligaciones contra Rusia. Nicolás se encuentra escéptico y deprimido. Francia vigila con desconfianza a Rusia. El Tratado que el Káiser hizo firmar al Zar les costó a ambos el trono.

En 1898, Nicolás llamó al pueblo para la primera conferencia de desarme. Guillermo tiembla y recibe la idea de la paz con una risa artificial; nadie cree en sus sinceros esfuerzos pacíficos, salvo los EE.UU.  Alemania está en oposición con casi todas las naciones; ya se puede percibir el grupo de los pueblos en la futura Primera Guerra. Alemania quedará aislada, pero Su Majestad afirma; “nadie puede movilizarse tan velozmente como nosotros”, siempre con su eterna petulancia continúa: “yo confío en mi espada y al diablo los acuerdos”.

No se puede tomar ninguna decisión sin su permiso. Con los años, la excitación crecía. Alemania era un pueblo grande y pacífico con un rey débil, voluble y presuntuoso. Guillermo se comparaba con Atila y los alemanes se indignaban que de ser comparados con los hunos.

Al aumentar su arsenal naval, creaba nuevas tensiones; la competencia en armamentos era su obsesión. Deseaba asociar las flotas de Luxemburgo, Holanda y Bélgica con Alemania y además incluir el Imperio Austrohúngaro. No le interesaba un almirante de temple: a los hombres la elegía acorde a sus deseos. Tipita sentía pasión por las armas. Tenía un defecto: no mentía, tampoco lo adulaba. Quería sólo una flota para medirse con los ingleses; su proyecto era absurdo; la más poderosa potencia naval inglesa no podía jamás conceder una fuerte flota naval a Alemania, el más poderoso ejército por tierra, sin exponerse a un serio peligro.

Tipita pidió siete barcos de línea (en secreto   planeaba construir treinta y ocho), y le fue difícil silenciar al Káiser de sus jactancias.   Ambos compartían las ideas políticas agresivas.  Hubiera sido mejor guardar el secreto para que Gran Bretaña no lo supiera, aunque el Emperador opinaba que la escuadra lo dejaba exhibirse ante el Eduardo VII. Cuando el rey inglés lo visitó en Alemania, Guillermo le sirvió una comida para ciento ochenta personas en el yate imperial, donde hizo colocar cascadas de agua y flores a granel. Presentó al rey toda la escuadra naval en una vana demostración frente a su tío. El rey olvidó las flores, el té y las cascadas, pero no la escuadra moderna de aquellos barcos y regresó intranquilo y preocupado a Inglaterra. Dos meses más tarde, por primera vez envió Eduardo una escuadra al Mar del Norte. Guillermo ordenó a su flota colocarse al lado de la flota inglesa y emborrachar a los capitanes para conocer sus planes.

En 1905, Eduardo VII viajó de paso por Alemania y no lo visita. La respuesta del embajador es que “está disgustado con su sobrino por hablar mal de él en toda Europa”.  Pero nadie le creía ya al Káiser; ajeno al peligro, estaba feliz porque obtuvo el permiso del Congreso para construir seis acorazados más.

Entre 1890 – 1906, manifestó a Eduardo su desinterés por Marruecos y hasta última hora se opuso a desembarcar en Tánger. Deseando reconciliarse con Francia, dejó que París extendiera su dominio en África: no le interesaba Marruecos. Entre 1904-1905 pasó   un período depresivo que siempre precedía a una extraordinaria excitación.

Un año antes le extirparon un pólipo en la garganta; la duda de haber heredado el cáncer paterno y una cierta melancolía no favoreció su estado nervioso.

En 1904 prohibió el envío de un buque de guerra a Marruecos; un año más tarde desembarcó en Tánger para no ser considerado por Francia como un ser débil, una contradicción que sorprende. El temor a un temporal y a los anarquistas españoles lo hacen sentir mal; quiere regresar, echarse atrás. París admite haber sido humillada por los alemanes. Inglaterra se unió a Francia.

Las rivalidades navales fue un punto culminante en la política. En Inglaterra descubren los futuros planes de construcción.  La amenaza alemana despertó la defensa inglesa: era tarde para dar marcha atrás.  En 1908 recomendó submarinos y defensa en la costa. La visita de los reyes británicos se postergó. Existía el peligro de la guerra en tres frentes.  Si Alemania no aceptaba deponer las construcciones navales, el peligro de una guerra era mayor. El Káiser decidió no atacar; apareció brillantemente ataviado frente a su tío. Tipita apoyaba la guerra y se llenaba de júbilo cada vez que lanzaban un buque alemán; los pequeños burgueses no permitían que Inglaterra les ordenase el número de barcos a construir. La escuadra prevé unas cuarenta unidades desde 1918 a 1920; confirmado por el Reich: y escribe: “no tenemos intención de construir más; luego de 1920, hablaremos de nuevo.”

Inglaterra presentía que había nuevos planes ocultos y consideraba una necesidad vital conservar su superioridad naval. El Emperador afirmó: “deberán habituarse a nuestra escuadra, aunque no es contra ellos”. Los ministros ingleses buscaban disminuir ambas flotas. Guillermo, furioso, escribe al margen: “amenaza escondida; no dejarse imponer nada. Una alianza con Gran Bretaña al precio de disminuir la escuadra no es mi deseo. El embajador debió rechazar de inmediato esta propuesta”. 

Bülow transmite en la forma más moderada lo escrito por el Reich. Eduardo intenta tratar el tema naval con su sobrino porque considera que “limitar la construcción de sus naves es un gesto de amistad.”

Llegó para Bülow el momento de renunciar.  En 1901 el Káiser es herido en un atentado por un joven que le provocó un rasguño solamente, pero lo llevó a una depresión nerviosa por su temor a una revolución.

Los socialistas perdieron las elecciones, pero en las próximas ganaron más del doble de votos: ciento diez diputados, el partido más numeroso.

En 1908 hubo desórdenes en la capital. El emperador daba órdenes terminantes sin salir del palacio, rodeado de la armada. Si había sangre, la vería desde el palacio. A los príncipes federales los consideraba como una amplia guardia personal que debían obedecerle; sin embargo, era una fronda no menos fuerte que el socialismo. Los príncipes alemanes confederados no se sentían vasallos de nadie; el más anciano percibió los peligros del despotismo con tendencias liberales.  En una ocasión incluso, se aliaron y el rey perdió el pleito.

Su carácter nervioso recrudeció en la mitad de su vida. Los médicos, luego de ser destronado en 1919, lo declararon mentalmente enfermo, con el fin de disminuir su culpa en la guerra, por negligencia y torpeza. Los caracteres complicados -aunque inteligentes- nunca son normales; siempre están al límite de ser irresponsables. Era neurótico, resultado de la herencia y del medio ambiente; comprendía rápido, era talentoso y hábil. A los treinta seguía sufriendo trastornos en el oído y se preguntaban si podía evolucionar en trastornos mentales. A los treinta y siete, nuevos padecimientos del oído lo deprimen y le fallan los nervios en varias oportunidades. A los cuarenta y cuatro, necesita ir a un balneario con un régimen severo; los cambios de su estado de ánimo preocupan mucho en la corte.

La guerra no lo trastorna pues no se entera de nada y todo se le oculta. Luego del exilio vive hasta los setenta fuerte y sano.  De sus abuelos no hereda nada; de su padre, la afición a la farsa y a ser vano, y de su madre, la terquedad, todo esto envuelto en la inseguridad, su defecto mayor. Era agudo, bueno orador, explosivo y prepotente. Ostentoso en sus regalos, concede títulos y condecoraciones. Combate el duelo y logra disminuirlo. En 1907 suaviza la pena de lesa Majestad. Sus cualidades pudieron hacer de él un príncipe excelente, si no fuera por sus caprichos, resentimientos, miedos y contradicciones.

 A los treinta da inesperados cambios en todas direcciones: desea ser popular; le gusta brillar y ser halagado. Derrocha el dinero a manos llenas, sin preocuparse. No soporta que lo miren a los ojos; tenía un tono nasal, desagradable; se hizo pintar en París con un manto de púrpura y el bastón de Mariscal y en una iglesia luterana imponiendo su imagen, en vez de la de Lutero.

Desde 1900 lleva las insignias de Mariscal; se siente el General en Jefe y se entremete en las maniobras.

Puede ser grosero con sus invitados y confidentes. A un anciano comandante le tira de la oreja y de un fuerte golpe en la espalda. La llama “burros viejos”.  Es igual con las damas de alta alcurnia, a quienes llama por señas para conducirlas frente a él. Al mayordomo de la corte y Senador lo llama “gran cerdo”. Le gusta ser el César en la familia y con su mujer se muestra frío en público. El preceptor no puede tener una conversación seria sobre la educación de los príncipes. Jamás se le encontró una querida, quizá, por ocultar su debilidad física y su deseo de simular virilidad, lo cual lo salvó de toda relación erótica; sus estados de ánimo oscilan: es un temperamento nervioso que se manifiesta en su profundo desequilibrio.

Amigo de los adornos: joyas, pulseras, anillos y toda clase de condecoraciones.  Su único amigo, pese a tener una familia, era homosexual.  La atracción hacia su amigo en la juventud era visible, aunque Guillermo huyó de su debilidad, buscando actitudes militares que lo hacían parecer todo un hombre.

Si no lo ocupa algo nuevo, cae en la apatía. Cuando Bismarck afirman que fue el fundador del Imperio, él anota: “lo fue mi abuelo.” No soporta los éxitos de los demás.

Cree en el absolutismo como una gracia de Dios; era un severo luterano, un protestante practicante.

Su carácter voluble tuvo consecuencias. Según su estado de ánimo, traicionaba a uno o a otro. Viajes y discursos eran su pasatiempo favorito. Viajaba para huir de sí mismo; era alguien que no amaba el silencio. Le encantaban los desfiles, ceremonias en las ciudades, despedidas en el andén

Hablaba en público; era su modo de calmar sus nervios. Saber que su palabra podía preocupar al mundo entero le causaba sumo placer. En 1894 viajó ciento noventa y nueve días; en diez y siete años, dio un discurso cada once días. Su distracción preferida era el ejército, los uniformes - los cambió treinta veces en quince años y hasta la manera de llevar el fusil pues les hace llevar unos cordones inútiles que les estorbaban para manejar las armas; los uniformes eran más brillantes, en lugar de ser cómodos para una campaña. El ejército debía someterse a sus caprichos y, detrás de toda esta superficialidad vana, la nube de la tormenta se cernía.

A veces se cambiaba doce veces de traje por día; uniforme de almirante, uniforme de cazador, uniforme militar, traje de paseo, traje de tenis, traje de marino, traje de levita negra, atavío de ceremonia, según la escena que debía representar.

Le atraen las mascaradas, el espectáculo, las pelucas, las fiestas y el manto de púrpura. Le gusta representar roles; no soportaba la realidad, más bien huía de ella. Amaba los autos y el avión veloz.

Era perezoso en su función como Emperador. Trabajaba no más de dos horas por día sólo leyendo los telegramas y escribiendo al margen de los informes unas líneas breves. Resuelve rápido situaciones que deberían ser estudiadas con tranquilidad y oye asuntos políticos, mientras juega al tenis o en los descansos. Si gana, es más paciente en escuchar.

En 1901 ve a Bülow y otros dos ministros. Engaña a los más cercanos, quienes se admiran de sus conocimientos superficiales.

Exigía tanta disciplina en sus caballos como en sus servidores. En ocasiones se da cuenta que lo alaban en beneficio propio. Entonces se tornaba sombrío e impenetrable. Empieza, pero no termina nada y, entre la maraña de enredos, la solución parece imposible; sus consejeros y los príncipes confederados temen por el futuro. Es un autócrata de solitaria misantropía. Conducirá al Imperio a la ruina.

En 1904, tiene cuarenta y cuatro años, se prepara una revolución contra el Emperador, que no supo diferenciar entre los aplausos gratificantes de las masas -que utilizaba a sus alumnos para aplaudirlo- y el verdadero amor del pueblo. La emperatriz madre se estremece y dice; “tiemblo ante la posibilidad de una catástrofe”. Bismarck ya era un anciano de ochenta años para contener una revolución; además, era monárquico.

Cuatro hombres le advirtieron, pero era imprevisible la reacción del emperador. “Muchos lo tienen por incapaz y les gustaría alejarlo; prevengan al Emperador” susurró el cardenal Hohenlohe, antes de morir.

El Káiser quedó pensativo.  Otro día le advierten que la lucha entre Su Majestad y el pueblo es preocupante. El absolutismo se nota en los discursos y telegramas. Alemania no puede vivir sin un Parlamento. El soberano quiere un Parlamento, pero modificado. “Las potencias europeas esperan caer sobre nosotros”, se defiende. Ha dado un paso contra la constitución.

La mayoría está del lado opuesto, pero él cree hacer todo lo posible para su pueblo.  Reflexiona con su favorito, pero al día siguiente cambia de idea pues “no cree en las profecías”.

Multe le advierte que “jugar a la guerra puede llevar a la caída del ejército: Vuestra Majestad da órdenes al general en Jefe, lo cual no le otorga prestigio pues “Vuestra Majestad no conducirá ningún cuerpo bélico”. La respuesta es; “yo enseño a los generales como deben hacerlo” y frenó la conversación abruptamente.

Ocho meses después, en las maniobras, Guillermo se limita a observarlo con una mirada objetiva: el ejército no lo podía creer. Multe tenía un carácter enérgico y pudo lograr imponerse por tres años. No era su amigo ni nunca lo pretendió.

Guillermo tenía sólo aduladores a su lado: príncipes, condes y duques también lo adulaban con superlativos como “Altísimo, Serenísimo” y a Su Majestad no le disgustaba.

El emperador no leía los diarios; se limitaba a leer la correspondencia de los Príncipes confederados o los informes de los embajadores, a quienes se les enviaban copias con las notas en los márgenes.  Nadie osaba escribirle la menor crítica: todo era

” jactancias, admiración, reverencias interminables.

 

Desconfianza entre los tres 

 

Eulenburg fue el único amigo verdadero: Holstein y Bülow intentaban liberarse de sus cadenas.

El primero quería resolver los conflictos de Europa. Cuando Guillermo desembarcó en Tánger, se sintió dueño de Europa. No quería la guerra porque hubiese interrumpido su carrera,

Bülow deseaba contener los peligros el mayor tiempo posible. Su mayor error fue Marruecos; tenía poder y necesitaba alejar a sus rivales par ser dueño del gobierno.

Rusia peleaba en el Este contra Japón; Nicolás perdió la guerra y ¾ de su flota. Los dos primos se encontraron y el Zar firmó un Tratado oculto, donde prometía la ayuda a Alemania, poniéndose de su lado en contra de Francia. Cuando Bülow lo supo, presentó su renuncia, pero el soberano le pidió que no lo abandonara. El tratado fue publicado y Londres supo de la intriga que tramaban los dos imperios en el continente y, desde ese momento, tomó la decisión de estar del lado opuesto en una guerra contra Alemania. Bülow trabajó noche y día para alejar la idea del peligro.

 

Eulenburg,

el poeta y músico lacrimoso cortesano de toda la vida, que sentía un amor profundo y quizá malsano por su Emperador, fue expulsado   y su caída lo alejó para siempre, por un problema turbio que salió a la luz “sobre afeminados que pululaban en la corte”. Arden lo publicó en su periódico; empezó una campaña con alusiones solamente para iniciados de los motes íntimos de Eulenburg   y de Multe y sus “amigos en privado”. Podían ser castigados por una ley por perversión.

Al principio, Guillermo no se quiso hacer cargo y envió los nombres involucrados a la policía, sin abrir el paquete. Su hijo mayor él le llevó un artículo con más de cien nombres de aristócratas distinguidos.  Al Káiser le atraían los hombres afeminados; nunca se le conoció una relación; luchó medio siglo ocultando esa debilidad, pese a suponer que no tuvo   ningún contacto físico con hombres.  Pide la historia secreta a su Ministro del Interior y le dice: “acabo de enterarme de que hay invertidos en La Corte: para mí dejaron de existir”.

Se necesita dar un ejemplo moral al mundo públicamente. Desaparecen las personas citadas por el diario y fueron llamados antes un Tribunal tres condes, un jefe de coraceros de la Guardia, los hijos de un príncipe, el príncipe de Prusia -a quien se le priva del grado militar-, Multe y el Maestro del Ceremonial.

Eulenburg fue expulsado de la corte y confinado en su castillo. Éste se quejaba de lo mucho que su posición en La Corte lo había alejado de su arte; sin embargo, los dos amigos se encontraron en Noruega, en 1903, lo recibió en su castillo y en 1907 se encontraron en Ginebra.

Él afirmaba que los últimos diez años de constante trabajo lo agotaron y que debía descansar. El Canciller firma la orden de su detención y es llevado para defenderse de sus relaciones con pescadores o jóvenes soldados con quien había tenido trato carnal.  Un desmayo nervioso lo salvó pues el proceso se aplazó por fecha indeterminada; regresa a su castillo donde vive doce años más. Es indudable que   cooperó para mantener la paz. En septiembre de 1908 terminaron los procesos.  Eulenburg tuvo la satisfacción de ver caer a Holstein y la tristeza de ver caer a su Emperador, tal como lo había anticipado.  Los cuatro: el Emperador, Eulenburg, Holstein y Bülow   tenían desde hacía diez años el poder en sus manos. Sólo quedaban en la lucha Bülow y Tipita. De los tres, quedó Bülow como el vencedor.

Europa se enteró de la clase de consejeros afeminados, espiritualistas, visionarios, charlatanes y sumamente peligroso para el influjo sobre el Reich. El país estaba asombrado, aunque no desaparecen los afeminados y homosexuales de La Corte Imperial.

Durante las tres décadas anteriores a La Primera Guerra, el miedo y la amenaza de las grandes potencias intentaban evitar el choque de forma pacífica, aunque su rivalidad los incitaba a enfrentarse. 

Entre sombras terminó el siglo.

Guillermo aconsejó al Zar –por intermedio de su embajador en Rusia- que entrara en la guerra contra Japón, pues Alemania protegería su frontera; 

 

Le sugirió a Nicolás a atacar por la espalda a Gran Bretaña y hasta prometió su ayuda, al mismo tiempo que rechazaba por tercera vez la alianza con Inglaterra (aún reinaba Victoria) en la guerra contra los Bóer. Sin embargo, mostró, en el encuentro en Alsacia, sentimientos amistosos hacia ese país; les escribe una carta demostrando que el aumento de la escuadra es para defenderse de posibles conflictos en el Pacífico. Japón estaba en una situación peligrosa; sólo las potencias con una escuadra importante lograban que los escuchen. Corría el año 1908. Con una mentira se atribuye la salvación de ese país durante la gran crisis, cuando había propuesto a Rusia un ataque a Francia, aunque luego se retracta antes el temor de las consecuencias y transforma en un conjunto de aforismos un plan de campaña del cual espera el juicio de la historia.

Toda Europa se levanta contra Guillermo II y el pueblo se levanta contra su Emperador. (Maternice es embajador alemán en Londres). Bülow presentó su dimisión con la de los secretarios del Estado, pero el Káiser logró conservarlo por miedo y se fue de Berlín a cazar. 

Cayó en una nueva depresión; por la mañana paseaba, almorzaba a las 9 y permanecía de sobremesa hasta las 11.30; luego salía de nuevo a cazar. Regresaba a las 5 P.m. tomaba el té, se acostaba hasta las 8.30 P.m. reaparecía para la comida y la sobremesa duraba hasta la medianoche. Bülow intenta hablarle, pero no admite ni se propone enmendarse, aunque acepta proteger la política nacional y aprueba las manifestaciones de su Canciller. Los alemanes respiraron. Todo estaba en orden y firmado. El discurso del Canciller fue aprobado. El Consejo tiene un proyecto que llega hasta la abdicación, pero su heredero no se animó a firmarlo; no tuvo la energía necesaria y su falta de decisión no fue útil al Imperio; el Emperador hubiera pasado por un mártir que renunciaba por voluntad propia representando su mejor papel frente a la historia: los ingleses le aconsejan que renuncie ante sesenta millones de súbditos.

En diciembre llega de la colonia del Sudoeste de África la noticia del encuentro de campos de diamantes de 40 Km. de largo por 2 Km. de ancho.

Bülow lo abandona y él lo llama traidor. Su caída fue la peor de las catástrofes: hizo la guerra inevitable; El haber conducido el país durante tanto tiempo al límite del precipicio y haberlo salvado era una obra digna de agradecer.  Bülow le escribe a su sucesor; “He rogado a Su Majestad que no deje a los ingleses escuchar nada que no puedan oír los renos, franceses, japoneses y americanos.  Gran parte de mi trabajo fue arreglar las consecuencias de las torpezas e indiscreciones. Pasaron doce años. Fue admirable su actividad y su habilidad que Guillermo no supo aprovechar.

Tiene 50 años, canos los cabellos. La corte estaba solitaria, muchos desterrados, los consejeros habían abdicado. La mayor parte de los príncipes confederados eran una resistencia pasiva y no venían a Berlín. Todo se convirtió en monotonía; la caza, los desfiles e incluso los viajes; pese a todo, seguía viviendo lejos de la realidad. Las dos luchas de su gobierno las perdió porque el pueblo estaba descontento y se mantenía hostil; los obreros se quejaban; una masa roja, inquieta también, se agitaba. El socialismo aumentó a 4 millones, creciendo de un 9% a un 35% en el último censo. Pedían un Parlamente y hasta una República y reconciliarse con Francia y con Europa; los azules querían “la gran Alemania”. Los burgueses lo apoyaban porque se enriquecieron y deseaban seguir haciéndolo. La aristocracia tenía razón al enemistarse con Guillermo. Cuánto más crecía la armada, más miedo sentían por causa también de la agresividad de sus discursos provocadores.  El Káiser sentía que actuaba correctamente. Nunca pudo hacer una autocrítica de sus acciones; era terco y pensaba que el mundo le era hostil por celos. Se sentía el príncipe de la paz: los otros países eran los enemigos que deseaban destruir su reino y lo hacían sentir un mártir.  La realidad era diferente: su inestabilidad lo inducía a pelear con unos y con otros. Todo lo quería hacer a su modo y a él le correspondió la responsabilidad de la última década de aislamiento antes de la guerra. Inglaterra no se hubiera unido jamás a los enemigos, sin sus continuas provocaciones. El Imperio fue víctima de su Emperador. Cortaba lazos que luego intentaba componer; los halagaba y luego los ofendía; su dicotomía era obrar entre la acción y el temor.

Después de veinte años de fiestas, se encontraba solo. Ese año, Eduardo y Nicolás celebraron un nuevo convenio; en el otoño, el pueblo se levantó contra el Zar; el Káiser sintió temor, lo cual lo llevó entre 1908- 1914 a ser más prudente que sus mismos consejeros. La situación se convertía en trágica. Eduardo VII, coronado luego de la muerte de su madre, Victoria de Inglaterra, aplazó una visita a Alemania. Era tarde; diez y ocho años antes, se negó tres veces a renovar el Tratado con Gran Bretaña, tan necesario para la paz en Europa.

San Petersburgo prometía ser neutral en un enfrentamiento.

Alemania intervino en las cuestiones del Báltico, aunque siempre se había mantenido a un lado. El sultán dio permiso a Austria de construir el FCC con tal de no dar salida al mar a los serbios ni a sus aliados.

Para Austria era un punto decisivo. Con la revolución de Turquía, se anexó Bosnia, asegurándose la conformidad de Rusia, no de Alemania. El Káiser se puso furioso: Austria fue acusada de falsa y a los Habsburgo de perjudicarlo con su actitud.

Gran triunfo del Eduardo. En 1899 el Emperador alemán también traicionó a Bosnia. En 1908-1909, antes del apoyo de Alemania a Austria, Serbia se asustó. El Zar calculó que la lucha era inevitable. Alemania se había mostrado en Europa como encubridora de los proyectos de esa dinastía, pese a tomarlo de sorpresa.

El Káiser aceptó la revolución turca; sus oficiales habían sido educados en ese país y el sultán prometió una Constitución; a Guillermo, sus consejeros lo dejaron solo.

En Berlín se abrazaron tío y sobrino con el beso de Judas.  Los reyes ingleses viajaron a Berlín; el encuentro fue glacial.  Guillermo seguía empecinado con la cuestión naval; se negó reducirla. Eduardo y el Zar llegaron a un acuerdo duradero, lo que Bismarck tanto temiera y evitara: el Emperador   provocó durante veinte años la unión de Inglaterra con Rusia. En 1909, Bülow logró en Venecia -con el consentimiento de Su Majestad- tratar con Londres la cuestión de la flota y proponerle al rey inglés un Tratado comercial y hasta una posible alianza, la misma que rechazó en 1898 y en 1901. Era tarde, por desgracia: Alemania, durante un siglo, llegó siempre tarde.

Europa estaba dividida en dos. Tipita quería una flota en crecimiento hasta 1920. Bülow sabía que esa posición los alejaba de Londres. El embajador alemán en Francia, Maternice, prefería un acuerdo. Con la caída de Bülow y de su amigo Eulenburg, Guillermo perdía fuerzas y mostraba fatiga y temor y al Canciller le faltaba energía para dirigirlo y además no lo adulaba ni le tenía confianza. Aceptó que Marruecos fuera francés y se ilusionó con las nuevas colonias.

Kuerten deseaba la guerra de Marruecos contra Francia. Repetir la actitud de Tánger, sin contar que Francia tenía poderosos amigos. hizo que el emperador enviara una cañonera, pero Francia tenía 100.000 soldados. Fue un acto ridículo, de mala política; hubo desconfianza en Europa, aunque Guillermo esta vez no tuvo la culpa.   

1911-1912 fue un duelo entre Maternice y Tipita: el primero quería detener la construcción de la flota y el segundo, continuarla. Maternice imaginó que Inglaterra y Alemania serían finalmente amigos; grave error porque Inglaterra también se armaba y Alemania continuó armándose. El Embajador previene de nuevo a Guillermo que se burla de sus aprensiones. Churchill anuncia que “esta competencia terminaría en una guerra en dos años” y no se equivocó.

Los nervios del Emperador no resistían este exceso de tensión.  Ambos países aplazaron seguir la construcción naval por un año. Si el Káiser hubiera dispuesto el Tratado por otro más moderado, la guerra se habría evitado, pero no cedió en nada.

Muere Eduardo VII; sube su hijo, el heredero Jorge V. Guillermo se ilusionó con una mayor calma en la política europea.

1912Europa está al borde de la guerra; los Balcanes unidos amenazan contra Austria, más peligroso que el problema de Alsacia y Lorena. Austria y Rusia están al borde de enfrentarse. Guillermo considera insensato esa postura y las Potencias tiemblan. Todos se mentían, algunos con precaución, otros frívolamente y Berlín con estupidez.

Cuando Turquía fue derrotada, no permitió que Alemania interviniera hasta que las otras Potencias no actuaran como intermediarios. Alemania se abstuvo; por primera vez fue más sensato que sus ministros, negándole a Austria la ayuda para una guerra contra Serbia. La triple alianza protegía las posesiones del presente, no las ulteriores. Guillermo parece pacífico al lado de la belicosa Austria, descartando toda posibilidad de luchar. Sentía que su país no debía defender a Austria por un capricho: dos años más tarde, esta posición hubiera evitado la Guerra Mundial. Pero dos semanas después cambió de opinión y se mostró fiel a los aliados durante este momento tan tenso.

Berlín fue burlada por Viena, que buscaba el éxito diplomático. Quería saber las razones verídicas, por las cuales Alemania entraría en la contienda. Rusia, como siempre, se echó atrás y Francia se devanaba la mente por conocer la real causa de este cambio abrupto.

El Emperador no escucha a Inglaterra; entonces Gran Bretaña llega a un pacto con Francia. Toda ayuda es bienvenida, pues se trata de la vida o de la muerte de Alemania, aunque recién el Káiser se da cuenta.

La política en Serbia del Emperador Francisco José de Austria fue un error; debió retirarse, porque aliarse con un Imperio en ruinas como Serbia no resultaba beneficioso. La lucha entre germanos y eslavos, ligados por el conflicto de un pacto nacional, los llevó a convertirse en aliados de un Estado mitad eslavo.

Holstein afirmaba que era un pacto indisoluble esta alianza, así como la enemistad entre Inglaterra con Rusia, más la inquietante situación con Guillermo. Todo cambio era demasiado tarde. Berlín desconfía de la fidelidad de Austria y no consideraba esta alianza de un gran valor: “leches l´Autriche et nous lâcherons les français”.

Francisco Fernando era lo opuesto al Reich. Como desconfiaba de Austria y quería asegurarse los Balcanes, apoyó a Serbia contra Viena. Los búlgaros eran tan rebeldes como Prusia lo fue antaño.  En Grecia reinaba la hermana de Guillermo; con los turcos, jugaba a dos puntas. En el reparto de Turquía Alemania anhelaba La Mesopotamia; incitó a los rusos, dejó intranquila a Inglaterra, que envió su flota.

Estando el emperador en una regata, le traen un telegrama donde decía; “hace tres horas el archiduque y la archiduquesa fueron asesinados en Sarajevo”. Hizo poner la bandera a media asta, la regata fue suspendida y regresó a Berlín. No se sentía apenado por el crimen, pero sí sentía temor. Tenía fe en la monarquía; luchó treinta años contra los socialistas y los anarquistas, como si fueran regicidas.  El crimen de Sarajevo atizó su temor y deseaba un castigo ejemplar; hubiera bastado la cabeza del serbio para calmar la sed de venganza, pero, por esta cuestión en Serbia, terminó estallando la Guerra Mundial, que Bismarck retuvo durante décadas; por las diferencias entre Rusia y Austria y la dinastía de los Habsburgo que llegará a su fin con Francisco José. Ese crimen fue el punto culminante para iniciarla. Desde hacía décadas estaban preparándose y el peligro aumentaba; nadie la temía tanto como el Reich, que prefería evitarla. De haber sido pacífico en las tres crisis anteriores hubiera podido evadirla y salvar a Europa, pese a su enemistad con su tío Eduardo, en ese momento rey. San Petersburgo, Viena y Berlín pudieron haber salvado la situación bélica, aunque otras voces, por despecho personal, la deseaban. El Káiser no deseaba la guerra ni Rusia ni Gran Bretaña, si bien se vieron empujados por orgullo vengativo o la poca habilidad diplomática de sus ministros. Se necesitó una cantidad de mentiras y calumnias para provocar el odio mutuo. Fue más bien una guerra entre ministerios, donde la muerte de diez millones de seres humanos no importó sino el antagonismo de quienes la conducían.

Austria deseaba eliminar a los serbios.

El Káiser leyó las exigencias de Serbia a Austria; Francisco José no deseaba la unión de Serbia con Montenegro ni el acceso de Serbia al mar. Exige el castigo al crimen. Se encontraba navegando.

El Zar no estaba a favor de los regicidas, pese a defender a los serbios, por haberse comprometido en un acuerdo y por ser de origen eslavo. Guillermo siempre creyó que Rusia sería pasiva; Francisco José podía vengar la ofensa de su honor como quisiera, pero: ¿por qué meterse en una contienda bélica para calmar a los austríacos de una ofensa personal?

Serbia debía ser castigada por el crimen; Francisco José debía decidir, escribe Guillermo.

 

El 24 de julio de 1939,

 

Como era su costumbre, antes del ultimátum de Viena, se vuelve contra Inglaterra. Crece la excitación. Lo sucedido en Viena no es suficiente. El 26 escribe: “los ultimátum se aceptan o no, pero no se discuten”. El peligro de la contienda está próximo. Inglaterra responde: “en cuestiones vitales, no se consulta a nadie”.

El Káiser no cree en Rusia: si Austria extermina a Serbia, el Zar declarará la guerra. Roma mantiene un tono pacífico.

Ese día, Europa espera en suspenso que llegue el ultimátum; la respuesta de Serbia fue incondicional: capitulación humillante, conocida en todo el mundo. “El Emperador austriaco no necesita la ocupación de Belgrado como garantía de su palabra”. Viena no lo acepta.

El Zar envió un millón de soldados a la frontera.  Guillermo quedó atónito, pero se repone y escribe: “Inglaterra, Francia y Rusia quieren destruirnos. El cerco a Alemania es un hecho consumado.  Inglaterra logró un éxito brillante en su política contra Alemania a la cual persiguió año tras año. Tomó ventaja de nuestra amistad con el Emperador de Austria para someternos. Inglaterra perderá la India. W “. Así escribe y firma el Emperador Guillermo.

Con la movilización rusa, la guerra era inevitable para Alemania. las Potencias trataron de frenarla durante cinco años. El odio de Guillermo contra los ingleses fue el origen de la Guerra Mundial. El Káiser, como monarca autócrata, entró en ella. El Parlamento es quien decide una guerra o la paz con otros países; en Alemania consultaron los documentos antiguos para aceptar el desafío del modo más elegante posible pues se consideraba en guerra contra Rusia.  En el fondo, ambos imperios temblaban por su trono.

Jorge V, el rey inglés, y Nicolás II cambiaron telegramas muy fríos.  Humberto II de Italia retrocedió, lo cual enfureció al Káiser, pues los rusos ya disparaban. Grecia se mantuvo neutral pues tenía un convenio con Serbia.

 Al principio de la guerra, le entra al Káiser un sentimiento nacional germánico, pese a su parentesco con ambos primos. Fue la última gran prueba para el Emperador que debió justificar su conducta con sus teorías autocráticas sobre el “derecho divino”.  demostró valor, decisión y equilibrio, cuando durante treinta años se mostró lo contrario.

No pudo domar su carácter y trató los asuntos bélicos con optimismo y superficialidad; su conducta fue deficiente para esos momentos. A causa de la tensión, su incapacidad y su debilidad interior se agudizaron. Nombró a los jefes militares, siendo Multe el Jefe Supremo con un ejército de millones de hombres, donde su cargo le exigía nervios de acero. Guillermo le entregó un plan de campaña a Schlieffer, que lo aceptó sin protestar y que debilitaba al ejército del Este a favor de Oeste. El Emperador quería avanzar sobre un plan establecido: Multe se oponía que fuera un solo frente en vez de dos, como estaba planeado y pierde la seguridad y la confianza necesaria; su plan fue estudiado por su ejército durante años. Eran un millón en el Este y otro millón en el Oeste.

El Káiser no era ninguna autoridad militar y desconocía las leyes bélicas, al punto de exigir un cambio imposible de efectuar, pero como siempre se muestra tanto en la paz como en la guerra un autócrata, sin tener que rendir cuenta a la Constitución ni depender de su decisión; era un poder absoluto frente a Francisco José en Austria, ya anciano y achacoso- y frente al débil Nicolás de Rusia.  Sus decisiones y también la consecuencia de los fracasos dependían íntegramente de Su Majestad.

Sin embargo, en dos años deja de tomar decisiones que al principio tanto mal hicieron, ya que el resultado de Marne fue totalmente su responsabilidad. Debilitar el ejército del Este fue un plan suyo, no de Schlieffer, lo cual dio lugar a la invasión rusa. Al perder la batalla en Francia, envió dos cuerpos del ejército que se debilitaron al abandonar el ejército del Oeste, creando un agujero abismal en ese flanco. Este cambio trajo graves consecuencias.

Los días antes de la batalla de Marne debía estar en Francia con sus tropas, pero desde este momento no deseó tomar más decisiones ni sentirse responsable y, ajeno a la realidad, ve triunfos por todas partes. Debía haber dejado el mando al Almirante, desde un principio. Era un hombre civil, aunque opinara lo contrario, sintiéndose militar hasta la médula de los huesos y con capacidad de comandar el mayor de los ejércitos.

Inactivo, aislado, se siente un mártir que nadie comprende. Su entorno sigue siempre halagador y sólo le habla de las victorias, jamás de las derrotas.

Cuando en 1915, alguien que llegó de Roma debe informarle la posibilidad de que Italia entre en la contienda, lo detienen bruscamente diciéndole: “¿No le traerá más que buenas noticias a Su Majestad?”

Sus cambios de ánimo eran constantes, pasando de la euforia al decaimiento. Después de la caída de Amberes, se encuentra desconectado; que la guarnición haya escapado hacia el norte no le preocupa en lo más mínimo. Habituado a los elogios constantes y a los aplausos de la corte, es imposible hablar con seriedad. Era indispensable hablar de la guerra, de la cual dependía el país y de la lucha en los Dardanelos.

Como Jefe Supremo, debió escuchar las noticias e interrogar a fin de enterarse de lo sucedido en Turquía. Dibuja sobre el mapa los avances de la guerra, frente a un auditorio casi dormido, agotado por el exceso de trabajo.  Debía haberse informado de la dirección civil del Imperio, celebrando conferencias, pero él intentaba que fueran los más breve posible. Cuando se trató de la entrada de EE. UU, le informaron al mensajero que debía ser escueto, porque la mesa del almuerzo ya estaba lista. En esos años de hambre y desolación, se servían tres platos, vino, cigarros y cerveza. Dormía la siesta, daba un paseo en auto, paseaba a pie o visitaba algún castillo antiguo: llegó hasta el lugar de Sedán para estudiar in situ el suceso. A la noche la tertulia terminaba a las 11 P.m.

Mientras en Brúcela los alemanes arrancaban las cerraduras de las puertas y los grifos para confiscar todo el cobre hallado y las mujeres vendían sus cacerolas heredadas de sus abuelas o bisabuelas, el Káiser ordenó en los FCC de esa ciudad un vagón- cuarto de- baño, con una bañera de cobre puro para agregar a su tren imperial. 

Observó la batalla de Sisones con larga vista, feliz porque ganaron y repartiendo de modo infantil condecoraciones. Se siente traicionado por sus parientes ingleses; siente temor a ser engañado o atacado y a su vez admira la potencia naval más fuerte del mundo la cual consideraba imposible de vencer.  Su escuadra no salió de sus puertos, porque él la consideraba   una garantía para mantener la paz. Se sentía el jefe Supremo de su flota, su obra maestra.

 Intentó comandar la guerra por tierra, por medio de informes indirectos o mediante telegramas; decidió cuestiones vitales para la nación. Prohibía ataques según su humor y, acosados en Verdun por la artillería inglesa, concibió la guerra submarina como defensa y se la concedió el Parlamento. La guerra submarina sin limitaciones suponía la entrada de EE UU a la guerra y, por ende, la derrota de Alemania.

El almirante pidió el retiro; meses más tarde se llegó a un acuerdo, pero se abstuvo de regresar: las marchas y contramarchas del Káiser lo habían frustrado.

La división del ejército en dos fue su primera desilusión.

Esta fue la primera parte de la guerra; en la segunda, renunció a sus poderes. En la mitad de la guerra, la dirección política del Imperio quedó anulada.

Guillermo sabía hablar, pero no obrar. El temor al enemigo lo dominaba; odiaba tomar decisiones y sentía cierta reserva por las revoluciones internas, que siguieron a la derrota en el extranjero, lo cual lo inclinaba hacia la defensiva o esperar en una pasividad absoluta, que terminó extinguiendo su poder.

En enero de 1917, el canciller entregó el poder político del Imperio a dos generales irresponsables. El Reich aceptó todas las razones expuestas. En esta etapa ya no se interesaba en dar órdenes; su temor de escuchar noticias desagradables desmejoró su salud y se quebrantó su ya débil sistema nervioso.

Por primera vez aceptó ver a un diputado socialista. Nadie imaginó que sería su sucesor. Para el emperador, Bülow seguía siendo un traidor. Con el permiso del Alto Mando, nombró canciller imperial a un individuo insignificante y, a su caída, obligó a aceptar a un anciano conde.

 Yacía abúlico y distanciado, dejando el mando a los Jefes del Ejército incapaces para tomar decisiones   y perdió todo influjo. Alemania no tuvo un representante digno.

En 1918, en el último año de la guerra, aceptó toda la responsabilidad: ¿no era acaso una abdicación? Lo único que sabía hacer es repartir condecoraciones.

A principio de agosto, reconoce la situación: “la guerra debe terminar. Los espero en Spa”. Cuando percibe el fin, abandona el Cuartel General y se marcha. Nadie se anima a describirle la verdadera situación, porque “no era conveniente infundirle un pesimismo excesivo”. Estaba desorientado, pese a presumir frente a terceros. No se da cuenta de la catástrofe.

Este ser débil e irresoluto no sabe si es despreciado o compadecido. La fe del pueblo declina; la nación entera es pesimista, aunque al Emperador se le olvida verdades desagradables.

Cuando el 2 de septiembre Inglaterra ataca con tanques, se enferma y los suyos tiemblan por las consecuencias.

El agotamiento reduce a millones de hombres inocentes al derrumbe total.  Mientras siguen luchando, él vive en medio de un paisaje acogedor, lejos de la tragedia de su patria y nadie lo distrae con calamidades; le hablan de arte y de ciencias tecnológicas.

Al final de su reino se encuentra con personas capaces: presenta a su cuñado como candidato para Finlandia. Tres semanas más tarde regresa al Cuartel General. Frente a un pupitre habla media hora a los obreros comunistas. Ellos sonríen: ¿desde cuándo elogia a los comunistas? Produjo críticas y risas; más se exaltaba, más frío se tornaba el ambiente. Fue un paso en falso; alejado de su pueblo, los obreros perciben su debilidad y él apenas intuye la cólera general. Se aleja nuevamente.

Llega la deserción de Bulgaria. Regreso urgente al Cuartel. A fin de septiembre, América ataca con energía a Alemania, que yace agobiada: con un solo empujón, caerá. Una cantidad de soldados inútilmente lucharon en el año 1918 y él ni siquiera estaba enterado.

La caída del zar fue un golpe tremendo, pero, que su país cayera, era intolerable. Durante cuatro años recibió noticias falsas y su ego le impedía comprender la situación.

El 29 de septiembre piden el armisticio y la paz sin condiciones. Cae como una bomba para el pueblo. Ordena que le informen sobre la situación del país; lo aterroriza una revolución más que perder la guerra. Alguien le propone una dictadura, pero se niega. El segundo paso era la democracia, para no temer la rebelión de la masa. Piensa en retirarse y que el pueblo intervenga en los destinos de la patria, en los derechos y deberes del gobierno; a la hora cambia de parecer y dice que piensa meditarlo en Spa.

Los dos Generales lo intiman a un armisticio inmediato, ante el temor de un derrumbe repentino. Duda en tomar la decisión; le recuerdan que el nuevo gobierno sería una condición previa a la petición de paz; regresa y firma el decreto de la Constitución. Así nació la democracia alemana.

Durante cuatro años, los súbditos de Prusia y toda Alemania querían tomar parte del Gobierno y se les negó: si el pueblo ahora formaba parte del gobierno era porque se esperaba una Alemania democrática y conseguir un gobierno socialista con cierta probabilidad de éxito.

Una quinta parte del mundo vio la caída del emperador que, durante treinta años, intranquilizó inútilmente a Europa. El sistema Imperial llegó a su fin; partió al exilio sin poder; nadie se lo exigió, ni la nobleza ni los socialistas. El país no sentía odio hacia

Él; no provocó la guerra: intentó evitarla. La facilitó con su falta de tacto y su gobierno mediocre frente a las otras grandes potencias, pero el pueblo conocía superficialmente al emperador y la razón- al final de la contienda- clamaba por su abdicación.

Guillermo se sintió en paz de no tener más responsabilidades en el futuro difícil que se presentaba. A sus casi sesenta años abandonó sin pena una causa perdida.

El príncipe Baden, amigo y primo, aceptó el puesto de Canciller. Era

un noble, capaz de tomar el timón en ese momento de enorme peligro; hijo de príncipes y heredero de un trono era, además, un general. Las casas reinantes se hundirían, aunque no dudó un momento en sacrificar todos los reinos alemanes.  El Káiser no deseaba tomar la responsabilidad de una petición de armisticio. regresó a Berlín, decidido a presentar oficialmente su abdicación.

Las consecuencias de la guerra fueron varias.

·        Polonia y Alsacia anuncian su separación del Imperio.

·        München y Stuttgart piden la destitución de sus reyes.

·        Los socialistas exigen la abdicación en forma de ultimátum.

·        El Canciller presenta su dimisión y previene al Káiser que una dictadura militar es inevitable.

Si la abdicación no se hacía pública en Berlín a la mañana siguiente, los jefes laboristas no podrán contener a los obreros en las fábricas. El emperador no está en su sano juicio cuando afirma: “quiero ahorrar a mi patria la guerra civil, pero, después del armisticio, deseo regresar pacíficamente a mi país, al frente de mi ejército”. El general le da unas palmaditas en el hombre y le dice finalmente la verdad: “a las órdenes de sus jefes y generales, el ejército se retirará en orden y con calma, pero no a las órdenes de Vuestra Majestad: ¡El ejército ya no está con su Emperador!” 

El Reich exige esa comunicación por escrito y el general le contesta: “En una situación como ésta, ese juramento es una mera ficción”.

El mundo se le viene abajo; durante años intentó fortificar el ejército para que lo protegiera. La abdicación era una condición sine que non, previa para al armisticio. Finaliza la sesión: el gobernador militar desde Berlín envía un mensaje; “También el mundo se pasa a la revolución; no dispongo de tropas”.

La fría negativa de los militares es una realidad: Habrá que asumirla. Lo 

pronosticó en sus últimas palabras Bismarck al joven presumido Emperador: “Mientras tenga Vuestra Majestad ese cuerpo  

oficial, se le podrá permitir todo; en caso contrario…será muy distinto”. Fue la última vez que se vieron.

Guillermo por primera vez, con sensatez se dispone al sacrificio con el fin de evitar la guerra civil. En un último momento, algunos utópicos proponen que abdique como Emperador de Alemania, no como rey de Prusia. Acepta. El Canciller, con la responsabilidad de su cargo y como amigo toma la decisión y comunica oficialmente la renuncia al trono.

Finalmente, el Káiser comprende que debe abdicar, pues ya no estaba en libertad de elegir. Dormirá en el tren real y partirá a Holanda, como estaba previsto por la mañana. Sólo le quedaba comunicarse con su hijo primogénito y firma:” tu padre, víctima del destino”. Por la mañana, el Príncipe marcha a encontrarse con su padre, pero él ya no está. Con unos cuantos fieles servidores marchó huyendo en auto hacia el Oeste; en la frontera lo detienen; hasta que la reina Guillermina y sus ministros lo acepten pasan seis horas, él, que nunca esperó ni seis minutos, aguarda prisionero en un cuarto casi celda.

Por fin, Holanda lo acepta y puede continuar; sube al coche y en el apuro olvida disimular su brazo tullido. Un soldado holandés escolta al prisionero. Torna su mirada hacia atrás, hacia su país, que por su pedantería y soberbia puso a Europa en pie de guerra. Alemania perdió más de un millón de soldados y otros varios millones pasaron hambre, subordinados a los aliados, mientras él gozaba de un buen bienestar en tierras holandesas. No volverá a ver a su país.

 

Bibl: El Káiser Guillermo II.   Emil Ludwig

Editorial Juventud S A. Barcelona, año 1929